Hay cosas en el mundo del cine que nunca dejarán de sorprenderme y el hecho de que George Miller haya dirigido una película sobre un chanchito es una de ellas, tan sorprendente como lo de “Happy Feet”, pero una de las mejores cosas que un director puede ofrecer es versatilidad.
“Babe: Pig in the City” es la secuela de “Babe”, estrenada en 1995, la cual fue un éxito, pero que Miller no dirigió; ahora había que aprovechar el éxito y estrenar una segunda: lo fome es que la secuela fue un fracaso en la taquilla y me cuesta entender por qué cuando la película es tan entretenida como graciosa. “Babe: Pig in the City” cuenta las aventuras de Babe luego del accidente que lo obliga a él y a Esme Cordelia Hoggett (Magda Szubanski) a salvar la granja; Arthur (James Cromwell) es quien sufre el accidente y no puede trabajar, por lo que corren el riesgo de perder la granja. Babe y Esme viajan a la ciudad para conseguir algo de dinero, aprovechando la reciente fama de Babe, pero allí se dan cuenta de que todo es diferente, que las personas no son amables y que las ratas cantan cada vez que sucede algo.
Las aventuras de Babe en la ciudad terminan siendo confusas y crueles y, a pesar de que también conoce a varios animales tan tiernos como él, la película no es para nada una película para niños. “Babe: Pig in the City” tiene casi tanta acción como “Mad Max: Fury Road” y me sorprendería que fuese peor película que su predecesora.
Se necesita la confianza y seguridad de un hombre blanco como para arriesgarse a dirigir el remake de la que debe ser una de las películas más icónicas del cine de terror, pero el riesgo es innecesario cuando no hay nada nuevo qué decir. Gus Van Sant tomó el riesgo y dirigió una versión de “Psycho”, una reversionada casi cuadro por cuadro, con la excepción de que la modernidad de los ’90 le permitió grabarla en color, tomarse un par de libertades y ser algo más gráfica, y darle un walkman a uno de los personajes.
La trama también es la misma, no agrega ni quita nada, por lo que tampoco hay sorpresas en el camino, más allá de ver a ciertos actores si es que te gustan esos actores. Sé que, en su época, todo el mundo hizo mierda esta versión y, la verdad, es que no es un mal remake, es sólo que no ofrece nada, no dice nada. Pensé que esta era la época de los remakes innecesarios, pero los ’90 también tuvieron su cuota.
Siguiendo con adaptaciones Shakesperianas, continué con “Othello”, estrenada en 1995 y dirigida por Oliver Parker, convirtiéndola en la única adaptación que Kenneth Branagh no dirigió durante aquella época, pero en la que sí actuó; además de ese detalle, “Othello” es la primera película en donde el protagonista, el moro de Venecia, es interpretado por un actor negro, detalle que, para 1995, me parece incluso un poco retrógrado.
“Othello” es muy fiel a la obra original, lo que se agradece, porque es también mi obra favorita de Shakespeare; a pesar de que a veces se siente algo lenta, la actuación de Kenneth Branagh compensa todo. El detalle de que el personaje de Iago mire a la cámara hace que el diálogo se sienta mucho más natural y su maldad pasa a ser mucho más íntima. Se pueden hacer todas las adaptaciones repetidas que quieran, pero basta con un detalle como el de “Othello” para que una de todas las películas parecidas resalte.
Gia Carangi es una leyenda en el mundo del modelaje; luego de convertirse en una de las primeras supermodelos durante los años ochenta, la vida de Gia también se caracterizó por los excesos que siempre acompañan a la fama, los cuales, sumados a los traumas sin resolver que ella ya acarreaba, terminaron por arruinar su vida y su carrera por completo.
Las películas biográficas tienden a ser muy melodramáticas o muy explotadoras y por eso también tiendo a evitarlas; lamentablemente, “Gia” es un ejemplo má de lo peor del género. A pesar de que trata algunos temas de buena manera, como el tema de su sexualidad, su carácter o su relación con su mánager, por ejemplo, la película se dedica sólo a mostrarnos los peores momentos de Gia, siempre llorando, siempre drogándose, siempre siendo abandonada, siempre fuera de control. Y, aunque varios de esos momentos definieron parte de su vida, me habría gustado mucho más ver otro lado de ella, uno que precisamente no alcanzamos a conocer.