365mm Vol. 2

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Hay cosas en el mundo del cine que nunca dejarán de sorprenderme y el hecho de que George Miller haya dirigido una película sobre un chanchito es una de ellas, tan sorprendente como lo de “Happy Feet”, pero una de las mejores cosas que un director puede ofrecer es versatilidad.

“Babe: Pig in the City” es la secuela de “Babe”, estrenada en 1995, la cual fue un éxito, pero que Miller no dirigió; ahora había que aprovechar el éxito y estrenar una segunda: lo fome es que la secuela fue un fracaso en la taquilla y me cuesta entender por qué cuando la película es tan entretenida como graciosa. “Babe: Pig in the City” cuenta las aventuras de Babe luego del accidente que lo obliga a él y a Esme Cordelia Hoggett (Magda Szubanski) a salvar la granja; Arthur (James Cromwell) es quien sufre el accidente y no puede trabajar, por lo que corren el riesgo de perder la granja. Babe y Esme viajan a la ciudad para conseguir algo de dinero, aprovechando la reciente fama de Babe, pero allí se dan cuenta de que todo es diferente, que las personas no son amables y que las ratas cantan cada vez que sucede algo.

Las aventuras de Babe en la ciudad terminan siendo confusas y crueles y, a pesar de que también conoce a varios animales tan tiernos como él, la película no es para nada una película para niños. “Babe: Pig in the City” tiene casi tanta acción como “Mad Max: Fury Road” y me sorprendería que fuese peor película que su predecesora. 

 

No era la intención ver una película de Navidad justamente en Navidad, pero tampoco podía pasar otro año sin haber visto una película que debí haber visto en la infancia. Al ser una película tan conocida, pensé que sabía todo sobre “How the Grinch Stole Christmas”, pero varias partes de la trama se me hicieron una completamente novedad.

La película se basa en el clásico personaje del Grinch (Jim Carrey) y el cuento de cómo roba la Navidad, ya que él es una criatura que no soporta al pueblo de Whoville ni sus tradiciones debido a lo que le hicieron cuando era pequeño; no sabía que todo ese plan era parte de la venganza del Grinch, pero sí sabía que Cindy Lou Who (Taylor Momsen) ayuda a ablandar su frío corazón. Mientras Anthony Hopkins relata todo en verso, la película también se asegura de recordarnos que lo importante no son los regalos, ya que toda Whoville había caído en el consumismo extremo.

Mientras veía la película pensaba en esa frase de que el Grinch no odiaba la Navidad, sino que odiaba a las personas, pero me quedé con la impresión de que él también odiaba esta fecha. O quizás solo soy yo proyectando alguna cosa.

 


La vibra de Berlín en los ’70 y en los ’80 siempre me ha parecido una vibra oscura, fría y triste, muy Talcahuano, como diría una amiga. “Christiane F.” adopta muy bien esa vibra en su cinematografía, precisamente, porque la película se grabó durante aquellos años y porque muestra una realidad de la juventud de la época. Dirigida por Uli Edel, la película cuenta de la historia de Christiane (Natja Brunckhorst), una adolescente de trece años que se involucra en la escena de las drogas y la prostitución.

Christiane vive con su madre, tiene pocos amigos, ama a David Bowie y sueña con entrar a Sound, una disco en donde tocan toda la música que a ella le gusta, lo que me trajo recuerdos de mis deseos adolescentes de ir a Máscara o a Blondie. Cuando Christiane por consigue entrar a Sound, conoce a Detlev (Thomas Haustein), un adolescente que le presenta el uso de las drogas; Detlev también está metido en la prostitución y, es de esa manera, que consigue el dinero para seguir drogándose. Christiane se enamora de él y conoce la dura realidad de otros adolescentes como Detlev: adicciones, abuso, abandono e inseguridad.

Si “Christiane F.” es un relato crudo y realista es porque se basó en la autobiografía de Christiane Felscherinow, actriz y música alemana, y también porque las grabaciones se realizaron con actores inexpertos y las locaciones eran las verdaderas locaciones de la autobiografía: la disco y las estaciones de metro en donde se muestra a los adolescentes y adultos adictos eran reales, así como también los extras en aquellas locaciones. Es increíble que los protagonistas también hayan sido debutantes, porque todo lo que tuvieron que retratar es demasiado exigente incluso para actores con harta experiencia.

Lo mejor: el cameo de David Bowie; aunque sean unos tres minutos, su presencia es eterna.

 

Siempre temo cuando se trata de películas de Ingmar Bergman, porque me parece de esos directores que hace películas eternas y experimentales que los cinéfilos fingen amar; me pasó con “The Seventh Seal”, por ejemplo, y casi ni la veo por completo, pero sabiendo que “Autumm Sonata” se trataba de una relación entre madre e hija, tenía más fe esta vez.

“Autumm Sonata” se centra en la historia de Charlotte (Ingrid Bergman) y Eva (Liv Ullman), madre e hija que no se han visto en siete años. Charlotte es una famosa pianista clásica que sacrificó varios momentos de la maternidad de sus hijas, Eva y Helena (Lena Nyman), a cambio de su reconocida carrera; ambas crecieron, pero las heridas que dejó ese abandono las marcó para siempre. Eva se casó y perdió un pequeño hijo, mientras que una enfermedad dejó a Helena paralítica.

Cuando Charlotte aparece en la casa de Eva, luego de siete años sin verse, las emociones primero son de alegría y nostalgia, pero, cuando llega la noche, ambas empiezan a sacar los trapitos al sol; la infancia feliz que Charlotte creía que sus hijas habían tenido queda expuesta como lo contrario con cada reproche justificado de Eva. El conflicto se da en un solo oscuro escenario y entre diálogos perfectamente actuados que sacan a relucir todos los roces entre madre e hija que son difíciles de afrontar, pero fáciles de entender. “Autumm Sonata” me llegó hasta el alma y cualquier duda que tenía sobre Bergman desapareció a los diez minutos. Por ahora.

 

No más mini maratones de directores, porque me di cuenta de que llegamos a diciembre y se me están acabando los días de este desafío, así que es mejor apurarse con otras pendientes más urgentes que me quedan en la lista. Una de ellas era “Roma città aperta”, película dirigida por Roberto Rossellini y considerada como una de las más importantes del neorrealismo italiano.

La película gira en torno a los últimos días de la ocupación nazi en Roma durante 1944, centrándose en la experiencia de ciertos personajes que actuaban activamente en contra de los antifascistas. Los principales serían Francesco (Francesco Grandjacque) y Manfredi (Marcello Pagliero), quienes son parte de la Resistencia, además del cura Pietro (Aldo Fabrizi), un padre católico que ayuda a entregar dinero, mensajes o refugio. El día en que Francesco va a casarse con Pina (Anna Magnani), los nazis rodean el edificio en donde viven, por lo que los protagonistas se ven obligados a escapar como puedan.

Desde aquel momento, “Roma città aperta” se convierte en una película cruda, abrumadora y realista, tan realista que todavía pueden observarse construcciones destruidas tras los ataques alemanes, ya que la película comenzó a grabarse apenas dos meses después de que la ocupación nazi se retirara; se retrata muy bien la tristeza y la desesperanza que había en el aire, así como también la pobreza que la ocupación dejó y la crueldad con la que el pueblo fue tratado, ya que sabemos que los nazi no sentían compasión por nadie, ni siquiera por embarazadas, enfermos o niños.

“Roma città aperta” parece casi un documental de guerra.

 

Para la última parte de la mini maratón de Agnès Varda, la escogida fue “Jane B. par Agnès V.”, película de 1988 que retrata un año en la vida de la actriz y cantante Jane Birkin, ídola de los años ’60; la película es una especie de documental que mezcla viñetas de actuación, llenas de expresionismo y creatividad, junto con conversaciones a la cámara entre Jane y Agnès.

La idea surgió luego de que Jane viera “Sans toit ni loi” y le escribiera a Agnès; se juntaron en una plaza y Jane le confesó que estaba muy nerviosa con la idea de cumplir cuarenta años, pero Agnès la convenció de que era la edad perfecta para filmar un retrato de su vida. Es así como Jane nos cuenta sobre su infancia, su llegada a Francia y sus tres hijas, además de dejarnos conocer la verdadera personalidad tras el ícono: una mujer tímida y tierna que soñaba con ser una famosa desconocida y que prefería la tranquilidad de su patio que el glamour de una alfombra roja.

“Jane B. par Agnès V.” es un retrato sincero, emotivo y divertido, uno que me sirvió también para ver más allá de quien es, para mí, la mujer más hermosa del mundo.
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