365mm Vol. 2

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Ayer me pegó un resfriado de la nada y, sin querer pensar, elegí ver “Confessions of a Shopaholic”; sin desmerecer al género de la comedia romántica, pero es el que necesita menos concentración. La película está basada en el libro del mismo nombre que había sido súper exitoso en 2004 y el cual, a pesar de la cubierta superficial, trata un tema mucho más grave y profundo.

Porque la protagonista, Rebecca Bloomwood (Isla Fisher), debe ser la mujer más superficial de Nueva York; toda su imagen se basa en ropa y accesorios de marcas carísimas que la dejan en deuda todos los meses. Ella trabaja como periodista en una revista sobre jardinería, por lo que su sueldo no coincide con lo que marcan sus nueve tarjetas de crédito; Rebecca está obsesionada con comprar todas esas cosas, porque siempre ha soñado con trabajar en la revista de moda Alette y disfrutar el estilo de vida que esa revista promete.

Entre varios enredos semi adorables, Rebecca conoce a Luke Brandon (Hugh Dancy), un periodista de la misma editorial, quien le ofrece un trabajo y el cual Rebecca acepta solo con tal de llegar a Alette; cada encuentro entre ellos es de esos adorkable, los que, luego de un rato se vuelven insoportables, pero que bajo las manos de Isla Fisher pueden llegar a ser graciosos, ya que ella tiene el carisma como para llevarlos a cabo. La película continúa aquella misma línea hasta el final, pero también muestra el crecimiento de Rebecca, quien incluso se une a un grupo de adictos a las compras.

No sé si habrá sido la fiebre, pero me dio mucha pena todo ese grupo.

 

Es increíble el tiempo que me tomó ver una película de Alexander Skarsgård y Margot Robbie, pero sabía que la trama iba a ser tan mala que lo evité harto rato. “The Legend of Tarzan” está basada en el mítico personaje de Tarzán, pero no es la típica historia de orígenes, sino que aquí vemos a un John Clayton III (Alexander Skarsgård) ya climatizado con la vida en Londres que siempre debió haber tenido; trata temas políticos con sus consejeros y vive en una hermosa mansión con Jane (Margot Robbie), su enérgica esposa.

Hasta ahí, todo bien, pero desde el principio se nota que no hay química entre ellos y que la historia no tiene mucho peso; el rey de Bélgica quiere apoderarse de la región del Congo para, al mismo tiempo, obtener unos diamantes, por lo que se necesita de la ayuda de John para aliviar las tensiones entre los residentes y los políticos. El mayor problema y, lo que más me molestó, es que tanto John como Jane quedan como los salvadores blancos a quienes todas las tribus, animales incluidos, quieren y respetan. Hay varios flashbacks que constantemente nos quieren meter esa idea e incluso hay un personaje, George Washington Williams (Samuel L. Jackson), que es usado como aliado de aventuras de John para que su presencia no sea vista como la del white saviour, pero nunca funciona.

“The Legend of Tarzan” se va volviendo aburrida tras cada diez minutos; el CGI es malo, la trama se pierde, no hay química entre los protagonistas y ni siquiera las escenas de Tarzán sin polera valen la pena.

Si esperan que “Eddington” sea otra perfecta película de terror dirigida por Ari Aster, la película los decepcionará; “Eddington” es más bien una especie de sátira y comedia negra sobre la pelea de dos hombres por el puesto de alcalde en un pequeño pueblo de Nuevo México durante el primer año de la última pandemia. Joe Cross (Joaquin Phoenix) es el sheriff de Eddington, un tipo que no cree en el uso de las mascarillas, lo cual le trae varios problemas con varios habitantes, incluido el alcalde Ted García (Pedro Pascal), quien está buscando la reelección. Ambos no se soportan y no es sólo por el tema de la alcaldía.

La esposa de Joe, Louise (Emma Stone), había salido hace años con Ted y el escándalo de la diferencia de edad, además de otros asuntos controversiales relacionados, contribuyen al odio entre ambos hombres. Al mismo tiempo, la paranoia sobre el COVID y las protestas contra el racismo tras el asesinato de George Floyd encienden a la población y le juegan en contra a Joe y a los otros dos policías de la estación, momento ideal para que Ted pueda lucirse, pero hay algo corrupto y misterioso en torno a él que tampoco lo hace el alcalde perfecto. 

Entre discusiones, momentos tensos y otros hasta graciosos (muchos graciosos, de hecho), “Eddington” me hizo recordar de manera perfecta esos primeros meses intensos de la pandemia en donde todo el mundo actuaba insoportable, ya fuese por la paranoia, la porfiadez o la falta de respeto; en ese aspecto, hasta parece un documental e, incluso, sí una película de terror. Hubo momentos también que me pillaron de sorpresa, ya que la película se deja llevar por las peores decisiones de los personajes, quienes no son para nada políticamente correctos; no sé por qué, pero se siente hasta como un alivio ver personajes que digan cosas racistas o incómodas o incluso que el guión incluya la palabra “retarded”, por ejemplo, porque siento que, durante y después de la pandemia y las protestas, nadie ha querido meterse en ese terreno o arriesgarse a hacer algo distinto por el miedo a ser cancelado, pero Ari Aster al menos corrió ese riesgo ahora con “Eddington”; sentí que estaba viendo una película de los dos mil o prepandemia. No es que apruebe que se digan cosas así en la vida real, pero el uso en una película es distinto; la demostración no es aprobación.

A pesar de que algunos personajes brillan más que otros, la historia funciona igual y “Eddington” pasa a ser una muy buena sátira tanto de la pandemia como de las verdaderas intenciones de las personas en aquella época; ¿de verdad todos respetaban las normas sanitarias? ¿De verdad todos estaban en contra del racismo? Todos muy liberales hasta que pasaba por el lado el primer vagabundo tosiendo o hasta que se el primer voto se veía comprometido.

 

El caso de Leopold y Loeb fue uno de los casos más perturbadores de los años ’20 en Estados Unidos; ambos secuestraron y asesinaron a un adolescente con el solo propósito de demostrar de que eran más inteligentes que los demás y que su intelecto les permitiría cometer el crimen perfecto. El caso fue tan controversial que inspiró películas como “Rope”, “Funny Games” o “Murder by Numbers”.

Richard Haywood (Ryan Gosling) y Justin Pendleton (Michael Pitt) son dos adolescentes que orquestan lo que ellos creen es el crimen perfecto; Richard es millonario y extrovertido, mientras que Justin es más intelectual e introvertido. Ambos fingen que apenas se conocen, pero llevaban meses planificando el secuestro y asesinato de una desconocida que escogieron al azar con tal de probar que podrían salirse con la suya y de que eran más inteligentes que la policía. Para su mala suerte, la investigadora del caso es Cassie Mayweather (Sandra Bullock), quien resulta ser mucho más inteligente e intuitiva que ambos adolescentes.

Ojalá la película hubiese desarrollado más a los personajes, porque los tres principales tenían trasfondos muy interesantes, sobre todo el personaje de Cassie, pero, ¿a quién engaño? Sólo la vi para saber si había química entre la ex pareja de Ryan Gosling y Sandra Bullock, y sí la había. Palpable.

 

Siempre me gusta ver estas películas que los gringos consideran como sus clásicos, porque hasta parecieran un estudio antropológico de esta gente, de su humor y de su sociedad. “Revenge of the Nerds” tiene todos los estereotipos y las historias que vimos plasmadas después en otras películas y series de los años noventa y comienzo de los 2000, por lo que se hace fácil entender de dónde viene toda la mirada gringa hacia el mundo, pero no por eso se hace más respetable.

En “Revenge of the Nerds” los protagonistas son Lewis (Robert Carradine) y Gilbert (Anthony Edwards), dos amigos que entran a la misma universidad con la esperanza de su experiencia ahí sea muy distinta a la experiencia escolar, en donde les hicieron bullying sólo porque eran inteligentes, pero apenas entran el primer grito de “nerds” les recuerda lo que en verdad son. Gilbert lo acepta, pero Lewis se niega, por lo que, ante la primera oportunidad de venganza, se organiza junto a otros nerds en contra de los jocks y de las cheerleaders.

A pesar de tener un par de momentos graciosos, estamos todos de acuerdo en que “Revenge of the Nerds” es una comedia más del montón, pero en lo que estamos en desacuerdo, actores incluidos, es en la escena entre Betty y Lewis.

 

Durante una noche cualquiera, todos los niños de una clase desaparecen misteriosamente; a las 2:17 am exactas, todos salen corriendo de sus casas, sin miedo, sin mirar atrás… todos, excepto uno. Alex Lilly (Cary Christopher) es el único alumno que aparece al día siguiente en la clase de Justine Gandy (Julia Garner); el caos se apodera de la comunidad, los padres empiezan a culpar a la profesora y la policía no tiene ninguna pista sobre la desaparición de diecisiete niños.

“Weapons” es la nueva película de Zach Cregger, director también de “Barbarian”, por lo que era de esperarse que la película mutara a algo totalmente distinto de lo que decía la premisa. “Barbarian”, por ejemplo, comienza como una especie de comedia romántica sin dejar de lado el terror, mientras que “Weapons” comienza casi como una metáfora al mal uso de las armas en Estados Unidos; partiendo por el título, pero también por el hecho de que varios estudiantes desaparecen y solamente queda el niño solitario y callado al que le hacían bullying. Puede haber mil y una teorías sobre la desaparición del grupo curso, pero “Weapons” decide seguir la ruta de lo desconocido.

La película está contada a modo de capítulos nombrados en honor a cada personaje; es así como vemos capítulos dedicados a Justine, Archer (Josh Brolin), padre de uno de los niños desaparecidos, Paul (Alden Ehrenreich), un policía que tiene una relación complicada con Justine, James (Austin Abrams), un joven drogadicto y, finalmente, llegamos al capítulo de Alex, en donde una visita de su tía abuela, Gladys (Amy Madigan), complica las cosas desde el primer día. Llena de suspenso y de sobresaltos que sí funcionan, “Weapons” debe ser una de las películas de terror más entretenida del año; no es perfecta y, en mi opinión, podría eliminar dos de los capítulos en los que se divide, pero todo el misterio de la desaparición y el misterio que rodea a Gladys fue lo que más me gustó de toda la historia.

 

Lista ya para ver la última entrega de la franquicia de Final Destination y, sin ver tráilers ni críticas previas, me dejé sorprender para lo que fuese que “Final Destination: Bloodlines” tuviera preparado. La película comienza con la premonición de Iris Campbell (Brec Bassinger), una joven que se encontraba en la torre Skyview y ve cómo todo colapsa a su alrededor, muriendo ella también al final, pero, siendo manipulada por la trama otra vez, nos damos cuenta de que Iris no es la verdadera protagonista, ya que su premonición era también la pesadilla recurrente de Stefani (Kaitlyn Santa Juana), su nieta.

Los traumas generacionales no son ajenos en esta entrega y pronto Stefani comienza a averiguar más sobre su abuela, a pesar de que toda su familia le advierte que la olvide. Resulta que, luego del incidente en Skyview, Iris salvó muchas vidas, pero pasó el resto de la suya peleando con la muerte que insistía en volver a buscarla; era tanta su obsesión que todo el mundo creía que estaba loca, la alejaron de sus hijos y ella terminó viviendo aislada en una cabaña, una muy al estilo de la que arma Alex (Devon Sawa) en “Final Destination 1”; por Dios, qué recuerdos. Para Stefani, la curiosidad es mayor y una visita a su abuela es suficiente para meterla en el mundo de la ansiedad frente a la muerte y a encontrar señales a diestra y siniestra.

Muy entretenida y graciosa a ratos (porque algunas de las muertes tienen sus momentos), “Final Destination: Bloodlines” me recordó esa sensación de ansiedad que no sentía desde la segunda entrega; desde la escena del asado familiar, donde hay de todo para pensar lo peor, hasta las escenas en el hospital, la película me mantuvo tensa durante mucho rato. Extraña esa sensación al ver una de estas películas, pero seguiré evitándolas por un rato, porque retratan demasiado bien la ansiedad que siento todos los días; de toda la saga, creo que esta última entrega está en mi top tres.

 

Antes de ver “Final Destination: Bloodlines”, quería ponerme al día con la última que me quedaba de la saga original; tiendo a evitar películas como esta, no porque me asuste el terror en sí, sino porque cada trama juega con mi ya presente ansiedad diaria y se supone que veo películas para distraerme y no para pensar en lo que ya pienso todo el día, pero tampoco me gusta ir a lugares tipo Fantasilandia, así que por ahora estaremos bien.

Dirigida por James Wong, “Final Destination 3” se centra en la premonición de Wendy Christensen (Mary Elizabeth Winstead), una adolescente que ve cómo sus amigos y ella misma mueren en un accidente luego de subirse a una montaña rusa. Siguiendo la fórmula de las otras entregas, a último minuto Wendy consigue escapar y arrastra a otros sobrevivientes con ella, pero, a pesar de que nadie le cree, su premonición se vuelve realidad y varios de sus compañeros de curso mueren, incluido su novio. Wendy no quiere saber nada de nada, pero otro de los sobrevivientes, Kevin (Ryan Merriman), le hace saber que están metidos en un extraño intercambio con la muerte.

A pesar de que la fórmula de Final Destination, a estas alturas, ya está archi repetida, igual disfruté varias de las muertes y la escena final en el tren también me sorprendió; no aparece Tony Todd y no hay mucha mención a las películas anteriores, pero no es la peor de la franquicia. La peor siempre será la número cuatro.

 

A pesar de lo querida que es la franquicia de Jurassic Park, tampoco es ningún secreto que, en el último tiempo, la calidad ha ido bajando; ya sea calidad en actuación, personajes o trama, la calidad ha ido bajando. Por esa razón es que, cuando anunciaron una nueva versión, ahora protagonizada por Jonathan Bailey y por Mahershala Ali, me permití emocionarme un poquito, pero salí decepcionada de todas maneras.

La nueva versión se centra en los personajes de Zora Bennett (Scarlett Johansson) y Henry Loomis (Jonathan Bailey; ella es una experta en operaciones encubiertas y él es un paleontólogo. Ambos se asocian con Martin Krebs (Rupert Friend), un representante de una empresa farmacéutica, la cual quiere crear nuevas medicinas con muestras de biomaterial que pueden obtener de los dinosaurios. Estamos en un mundo donde humanos y dinosaurios siguen coexistiendo, pero todos los humanos saben que hay un lugar cerca del Ecuador donde nadie debe ir, ya que nadie regresa. Y allí es, precisamente, hacia donde la misión los lleva.

Zora, además, recluta a su amigo Duncan Kincaid (Mahershala Ali), quien además de conocimientos, también aporta con el barco que llevará el grupo hasta la isla. A pesar de todas las advertencias, todos los involucrados deciden ir de todas maneras y la respuesta es una sola en común: dinero. Zora, por ejemplo, quiere comenzar una nueva vida y Henry necesita dinero para mantener el museo en el que trabaja, pero los dos concuerdan que la medicina que se consiga crear debería ser accesible para todos. Al mismo tiempo, aparece en la historia una familia liderada por Reuben Delgado (Manuel Garcia-Rulfo), quienes encontraron de cerca a uno de los dinosaurios que el grupo de expertos esperaba encontrar.

La premisa prometía y la película tiene sus momentos, pero cuando te das cuenta de que cuatro personajes, CUATRO (y quizás hasta siete), pueden ser borrados de la historia y que su eliminación no afecta en nada al desarrollo de la película, la cosa se vuelve aburrida y pierde el sentido. Más allá de un par de escenas de acción, “Jurassic World Rebirth” pasa sin pena ni gloria.

 

Se necesita la confianza y seguridad de un hombre blanco como para arriesgarse a dirigir el remake de la que debe ser una de las películas más icónicas del cine de terror, pero el riesgo es innecesario cuando no hay nada nuevo qué decir. Gus Van Sant tomó el riesgo y dirigió una versión de “Psycho”, una reversionada casi cuadro por cuadro, con la excepción de que la modernidad de los ’90 le permitió grabarla en color, tomarse un par de libertades y ser algo más gráfica, y darle un walkman a uno de los personajes.

La trama también es la misma, no agrega ni quita nada, por lo que tampoco hay sorpresas en el camino, más allá de ver a ciertos actores si es que te gustan esos actores. Sé que, en su época, todo el mundo hizo mierda esta versión y, la verdad, es que no es un mal remake, es sólo que no ofrece nada, no dice nada. Pensé que esta era la época de los remakes innecesarios, pero los ’90 también tuvieron su cuota.

 

En un Hollywood bastante movido y lleno de personajes clichés, dos policías se ven envueltos en un familiar crimen. Joe Gavilan (Harrison Ford) y K.C. Calden (Josh Hartnett) no podrían ser más diferentes; Joe es un detective veterano y K.C. es un novato, pero ambos se llevan muy bien y se apoyan en cada caso, a pesar de que ser policías no es su verdadera vocación. Al mismo tiempo que resuelven crímenes, Joe trabaja como agente inmobiliario y K.C. está decidido a hacer realidad su sueño de ser actor.

El nuevo caso para ambos policías se trata de un tiroteo en una disco; sabemos desde el principio quiénes son los responsables y quiénes son los mandamases detrás de los asesinatos, pero “Hollywood Homicide” luego les muestra a los protagonistas que el caso se vuelve mucho más personal de lo que creían y sus trabajos de medio tiempo y sus sueños imposibles tendrán que ser dejados de lado por unos momentos.

Harrison Ford dijo en una entrevista que “Hollywood Homicide” era la peor película que había hecho y tengo que discrepar; no sé si le he visto peores, pero al menos esta es divertida a ratos y tiene una escena final de persecución demasiado entretenida.
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