365mm Vol. 2

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El cuerpo de una joven aparece en los campos del sur de Francia; la policía comienza a investigar, pero al no poder identificarla, comienzan a preguntar a los habitantes de la región. A través de los varios relatos a modo de semi documental y del desarrollo de la historia, “Sans toit ni loi” nos presenta a Mona Bergeron (Sandrine Bonnaire), una joven que viajaba de lugar en lugar sin mayor rumbo por el mundo.

Agnès Varda retrata a Mona como una joven terca, extremadamente independiente y amante de su libertad; Mona va de lugar en lugar haciendo dedo, durmiendo bajo cualquier techo disponible y conociendo a varios personajes que cuestionan su modo de vivir. A ella no le importan las opiniones de los demás, a ella solo le importa hacer las cosas a su manera. A pesar de que algunas personas la tratan bien, como la pareja de agricultores, la profesora experta en árboles, la empleada de la mansión o el podadero tunecino, Mona también pasa por situaciones peligrosas y es la misma libertad que tanto aprecia la que también la lleva a su triste final.

“Sans toit ni loi” tiene una extraña mezcla de ser una película tan triste como esperanzadora, mostrando un contraste entre la libertad y la soledad del personaje principal, quien no pasa más de tres días en ningún lugar, pero que deja un recuerdo en cada persona que nos habla de ella.

 


La segunda elegida para esta mini maratón de Agnès Varda es “Le Bonheur”, película estrenada diez años después de su debut como directora. “Le Bonheur” retrata una historia de infidelidad de la manera estética más hermosa posible, muy digna del estilo de la nouvelle vague.

El protagonista es François Chevalier (Jean-Claude Drouot), un joven que vive feliz junto a su esposa Thérèse (Claire Drouot) y sus dos pequeños hijos, Gisou y Pierrot; estos tres últimos eran la verdadera esposa y los verdaderos hijos de Jean-Claude Drouot y su participación en esta película significó su única participación en el cine. El personaje de François no tiene ninguna razón para traicionar a su esposa ni traer problemas a sus vidas, pero de un día para otro François conoce a Émilie Savignac (Marie-France Boyer) y comienza una relación con ella. A ella tampoco parece importarle mucho que François esté casado y ambos continúan su romance cada tarde en el departamento de Émilie.

Entre varios planos hermosos que parecen sacados de las más hermosas pinturas y diálogos románticos e idealistas, la infidelidad nunca se había visto tan hermosa y apasionada; François tiene respuesta y explicación para todo, pero más que su posición frente al tema, siempre me ha llamado la atención que no sea algo tan grave para los franceses en general. ¿O quizás sea algo que solo retratan en sus películas? Bueno, siempre me ha parecido interesante y con “Le Bonheur” todavía más, porque siempre es atrayente ver aquel tema siendo retratado a través de la visión de una mujer.

 


Nueva mini maratón de directores y ahora es el turno de Agnès Varda; partí con su primera película, “La Pointe Courte”, película que también ha sido descrita como la primera de la nouvelle vague y por supuesto que concuerdo. Todo comenzó cuando Agnès viajó hasta el pueblo de Sète, en el sur de Francia, para tomar fotografías para una amiga que ya no podía viajar a su ciudad natal; después de ver las fotografías, Agnès decidió volver para grabar la historia de un matrimonio entre las varias historias de los habitantes del pueblo.

Silvia Monfort y Philippe Noiret son los protagonistas de la película, interpretando a personajes sin nombre que recorren el lugar mientras discuten sobre el futuro de su matrimonio; ella quiere separarse, pero él no. Al mismo tiempo, “La Pointe Courte” muestra los diálogos y las historias de otros personajes, como los pescadores, las amas de casa, los vecinos del protagonista, los niños que juegan todo el día o la adolescente que está enamorada; todo se siente muy original y real, porque, a excepción de los dos protagonistas, el resto del elenco se trata de habitantes comunes y corrientes de Sète, que ayudaron a Agnès a grabar esta película, porque a la directora le dieron un presupuesto demasiado injusto. Puedo imaginar por qué.

La película, por suerte, funcionó y rindió frutos, convirtiéndose en la primera exponente de la nouvelle vague, destacando esos elementos propios del movimiento, como la cámara manual, improvisaciones, personajes más realistas, autorreflexiones, entre otros. Si bien “La Pointe Courte” no se convirtió en una de mis historias favoritas, sí hay que reconocer todo el mérito que conlleva y las puertas que abrió para muchas otras directoras.

 

Para terminar esta mini maratón de Pedro Almodóvar, decidí elegir “Julieta”, película que también marca el retorno del director a las historias con mujeres protagonistas desde “Volver”. La historia se trata de Julieta Arcos, una profesora que pasa por varios momentos tan importantes que algunos de ellos siguen marcando su vida incluso en la adultez.

La película revisa la vida de Julieta desde 1985 hasta 2015. A modo de flashbacks, aprendemos que Julieta comienza una relación con Xoan (Daniel Grao) luego de que ambos se conocieran en un viaje en tren. Se casan luego de que Xoan enviudara y tienen una hija, Antía (Priscilla Delgado), pero el paso del tiempo les trae más problemas que felicidad. Luego de una tragedia, Julieta y Antía se van a vivir a Madrid, pero la vida de la protagonista vuelve a complicarse cuando su hija asiste a un retiro y le pide completa distancia.

Durante toda su continuidad, “Julieta” trata los temas del abandono, de la soledad, de la depresión y del desamor con una sensibilidad perfecta, tal y como lo hubiese esperado de Pedro Almodóvar, quien debe ser uno de los directores que mejor entiende a las mujeres. Disfruto mucho de las películas en donde los hombres son protagonistas, pero siempre amaré aquellas en donde las mujeres destacan y, si fuese por mí, Almodóvar debería quedarse siempre en ese género.

No podía creerlo cuando “Julieta” había llegado a su fin; podría ver cinco horas más de su historia.

 

Moviendo la maratón de Almodóvar a los 00s, continúo con “La Mala Educación”, historia que retrata momentos de una infancia marcada por las enseñanzas durante la dictadura de Franco y las consecuencias que sufren dos mejores amigos. Ignacio Rodríguez (Gael García Bernal) y Enrique Goded (Fele Martínez) fueron muy unidos mientras crecían en un colegio de curas, pero sus vidas se alejan durante mucho tiempo hasta que Ignacio, ahora actor, aparece en la oficina de Enrique, ahora director, entregándole un guion que ha escrito.

“La visita” se trata, justamente, de dos amigos que asisten a un colegio de curas y es una historia que no esconde nada, ni los abusos sufridos por uno de ellos a manos del cura director pedófilo ni la historia de venganza en su vida adulta. El guion es tan intrigante que Enrique decide convertirlo en su nueva película, pero el guion de Almodóvar da varias vueltas hasta llevarnos a la verdad más oculta y no son de esas vueltas que hacen que una película se vuelva aburrida o tediosa, sino que son vueltas que demuestran lo complejo y arriesgado que Almodóvar también se puede atrever a ser.

Confieso que, al principio, me vi un poco confundida entre las tres historias, pero lo bueno es que la misma película luego explica todo y no se toma tanto tiempo en hacerlo. El otro mérito de “La Mala Educación” recae en las actuaciones; Gael García Bernal interpreta a tres personajes y lo hace con un acento español demasiado creíble mientras que, hasta los personajes más pequeños logran gran presencia en la pantalla. Quizás sea la película más cruda de Almodóvar y también una de las que pase a mi top cinco.

 

“La ley del deseo” es otra de las películas de Pedro Almodóvar que gira en torno a la obsesión. Pablo Quintero (Eusebio Poncela) es un famoso director de cine y de teatro, obsesionado con su carrera; Tina (Carmen Maura) es su hermana, quien está obsesionada con ella misma de la mejor manera posible y Antonio (Antonio Banderas) es un fanático de Pablo que está obsesionado con él de la peor manera posible.

Pablo acaba de estrenar su última película, “El paradigma del mejillón”, y ya está pensando en su próximo trabajo: un monólogo teatral sobre la vida de Tina; ella es una mujer trans y no quiere ni que su vida ni que sus experiencias con los hombres sean usadas para dejarla en ridículo. Al mismo tiempo, la obsesión de Antonio por Pablo crece tanto que el tipo sigue al director a todas partes, se involucra con él y se empeña a sacar a su novio, Juan (Miguel Molina), de la vida del director.

El desarrollo de “La ley del deseo” es un poco aburrido, pero tanto el comienzo como el final compensan el resto. Al igual que el resto de las películas de Almodóvar, esta también tiene personajes muy buenos: Tina debe ser la más interesante de todos y Antonio está casi al mismo nivel de psicópata del que estaba Ricky en “Átame” (curiosamente, interpretados por el mismo actor). La película muestra lo negativo y lo positivo de la obsesión de cada personaje, incluyendo las consecuencias de obsesionarse con la religión o con una locación para una grabación.

 

Empezando una nueva mini maratón de directores, el elegido ahora es Pedro Almodóvar. Su quinta película, “Matador”, debe ser una de sus películas más cachondas, como dicen en España, quizás al nivel de “Átame”. La historia se trata de Ángel (Antonio Banderas), un aspirante a torero tímido e inexperto, quien comete un crimen y se acredita varias más, y nadie entiende por qué.

Ángel es estudiante de Diego (Nacho Martínez), un torero profesional que debió retirarse debido a una lesión. El mismo día en que Diego le pregunta a Ángel si es virgen y si le gustan las mujeres, a Ángel no le ocurre nada mejor que demostrárselo violando a Eva (Eva Cobo), su vecina y, al mismo tiempo, novia de Diego. Cuando Ángel confiesa el crimen, le asignan a la abogada María Cardenal (Assumpta Serna), una mujer que está obsesionada con la carrera de Diego.

“Matador” gira alrededor de la obsesión por la muerte, la presencia del morbo y hasta del hedonismo, presentando también personajes tan increíbles como el de María o tan entrañables como el de Pilar (Chus Lampreave), la madre de Eva, que se mete en todo lo que hace su hija. Siempre me ha gustado que Almodóvar no juzgue a sus personajes y solo los deje ser para que nosotros después formemos nuestra propia opinión; los personajes corren libremente en una historia que también se deja llevar. Pedro Almodóvar dijo que "Matador" era una de sus películas más débiles, pero me temo que tendré que contradecirlo.

 

Para terminar con esta mini maratón de Cassavetes, la escogida fue “Love Streams”, su penúltima película y la última que hizo con Gena Rowlands, y también la película que Lucrecia Martel considera que todo el mundo debería tener en su colección. “Love Streams” se trata de la historia de dos hermanos que se reúnen después de años sin verse mientras se las arreglan con distintos, pero parecidos problemas.

Por una parte, tenemos a Robert Harmon (John Cassavetes), un escritor mujeriego y fiestero, incapaz de asumir ninguna responsabilidad afectiva; su rutina espontánea se ve interrumpida cuando su ex esposa aparece en la puerta pidiéndole que cuide a su pequeño hijo, Albie, a quien Robert no había visto desde su nacimiento. Robert no tiene idea de ni cómo hablarle a su hijo, por lo que todos sus intentos son un desastre. Y por la otra parte, tenemos a Sarah Lawson (Gena Rowlands), quien está pasando por un complicado divorcio, el cual incluye una pelea por la custodia de su hija; Sarah no es la mejor cuando se trata de manejar las emociones, por lo que también aparece en la casa de su hermano tratando de lidiar con la situación.

Ni Robert ni Sarah saben cómo hacerse cargo de ellos mismos ni tampoco de sus responsabilidades; no tienen conexión con sus hijos ni aceptan las consecuencias de sus actos y creen que, con algún gesto superficial, las cosas se solucionan. Durante la primera hora de película, “Love Streams” muestra a los hermanos viviendo por separado, pareciendo casi extraños, pero cuando finalmente se reúnen, pareciera que son la misma persona viviendo en distintos cuerpos y la historia comienza a tener sentido. Ambos son insoportables, pero saben quererse a su manera.

De las cuatro películas que vi en esta mini maratón, “Love Streams” debe ser mi segunda en la lista de favoritas.

 

Una serie de reportajes sobre la corrupción y el abuso hacia los trabajadores de los muelles neoyorkinos sirvió de inspiración para la trama de “On the Waterfront”, película dirigida por Elia Kazan y considerada otro de los clásicos más del cine estadounidense. La trama se centra en el abuso que la clase trabajadora debe enfrentar en su trabajo en los muelles, ya que el lugar ha sido tomado por la mafia, cuyos líderes extorsionan y amenazan a los trabajadores y pasan a llevar todos sus derechos laborales.

Luego de la muerte de Joey Doyle, la tensión crece entre obreros y jefes y Terry Malloy (Marlon Brandon) se ve en medio de los conflictos. Terry había sido una promesa del boxeo, pero se vio obligado a trabajar en los muelles y trabajar para los mafiosos debido al mal negocio de las apuestas que hacía su hermano; Terry solo hace lo que le dicen, pero también sufre de un silencioso conflicto interno, sobre todo cuando se enamora de Edie (Eva Marie Sant en un increíble debut cinematográfico), la hermana menor de Joey. Ella es una joven inocente e ingenua, que creció y se educó lejos de la violencia de los muelles, pero que está dispuesta a llegar a la verdad sobre la muerte de su hermano.

Mientras ellos se involucran, también podemos ver la realidad del lugar gracias al resto de los personajes: la crueldad de los jefes, la resignación y el miedo de algunos trabajadores en contraste al cansancio de otros, la pobreza, la corrupción, todo un contexto retratado de aquella manera realista y cruda en que Elia Kazan lo hacía. Las actuaciones también son excelentes, sobre todo las de ambos protagonistas, y la vibra de película es de tanta desolación como de un brillo de esperanza hacia el final.

A pesar de que me han gustado mucho más otros clásicos, de todas maneras, disfruté mucho “On the Waterfront”.

 

Después de los eventos del día, se necesita de una buena distracción para pasar el trago amargo y qué mejor distracción que una película; el humor de los hermanos Coen nunca falla, así que la elegida del día fue “O Brother, Where Art Thou?”, película que retrata una parte del sur gringo y racista de los años ’30 y cuya historia está basada, a medias, en “La Odisea”, obra escrita por Homero. A medias, porque los hermanos Coen admitieron que nunca han leído ese clásico y que solo se guiaron con otras adaptaciones que habían visto o con lo que se sabe de la obra a modo de cultura general. Curioso que a los hombres siempre se les perdone detalles así.

“O Brother, Where Art Thou?” se centra en la aventura de tres convictos que escapan de la cárcel en busca de un preciado tesoro escondido; Everett (George Clooney), Pete (John Turturro) y Delmar (Tim Blake Nelson) recorren el sur de su país y conocen a varios personajes, desde el músico que le vendió su alma al diablo (Chris Thomas King), pasando por el policía tuerto que los persigue (John Goodman) y quien representa una versión del cíclope Polifemo, hasta un candidato a gobernador (Wayne Duvall) conocido por ser el líder del Ku Klux Klan. El trío también pasa por varios problemas, como el encuentro con las sirenas que los encantan con sus voces o el reencuentro con una versión de Penélope (Holly Hunter) que, en esta oportunidad, no se queda esperando a que Everett regrese de sus viajes.

Gracias al humor negro y, a la banda sonora, “O Brother, Where Art Thou?” me pareció una de las películas más entretenidas que he visto de los Coen y que he visto en el último tiempo también; la mezcla de la ignorancia gringa junto con las situaciones ridículas que se presentan funciona perfecto en una película que se desarrolla en aquel contexto y lugar de la historia estadounidense. Quería olvidarme un poquito de las votaciones de hoy, pero fue inevitable recordarlas con las escenas del Klan; solo espero que podamos hacer lo mismo que el trío hace con ellos en este país también.

 

Conocida como ser la producción más grande Hollywood, hasta el estreno de “Titanic”, la versión de Cleopatra dirigida por Joseph L. Mankiewicz también fue un dolor de cabeza para varios de los involucrados: múltiples revisiones al guión, problemas de salud que sufría la protagonista, cambios de director, escándalos amorosos y grabaciones que se extendieron más allá del tiempo previsto, pero imagino que todo valió la pena, porque finalmente pudieron estrenar la mayor producción hasta aquella fecha.

“Cleopatra” se centra en una parte de la vida de la reina egipcia, enfocándose, mayoritariamente, en su relación tanto con Julio César (Rex Harrison) como con Marco Antonio (Richard Burton); Cleopatra (Elizabeth Taylor) es retratada como una mujer determinada, decidida, ambiciosa y fuerte, dispuesta siempre a conseguir todo lo que desea. Se involucra con Julio César para mantener su título de reina de Egipto y tiene un hijo con él, pensando que el heredero también podría ser el heredero de Roma; luego de que Julio César fuese traicionado y asesinado, Cleopatra no teme en involucrarse con Marco Antonio, a pesar de que aquella relación pudiese causar una guerra entre Roma y Egipto.

La historia no es nada nueva para lo que ya se sabe de aquellos personajes históricos, por lo que la producción es el verdadero encanto detrás de “Cleopatra”; las escenas de la entrada de la reina a Roma, el asesinato de Julio César o la guerra marítima son increíbles e hipnotizantes y logran que las cuatro horas de duración se sientan como cuatro horas bien invertidas. Debido a esta larga duración, la película incluye dos intermedios, pero yo recomendaría tomar “Cleopatra” como una cinta de dos partes, como fue concebida inicialmente, divididas por el romance de la reina con cada romano; verlas con intervalo de tiempo mayor a media hora hace que la película no se sienta eterna.

 

Cuando fui a ver el reestreno de “Jaws”, mostraron el tráiler de “The Long Walk” y no le encontré sentido en un principio; después me enteré de que la película estaba basada en un libro de Stephen King del año 1979 y las cosas empezaron a tener un poco más de sentido. El libro cuenta la historia de un grupo de cincuenta adolescentes que, viviendo en una versión distópica de Estados Unidos, compiten en una extensa caminata con tal de ganar un premio millonario; está prohibido detenerse, bajar el ritmo, dormir y hacer sus necesidades o los militares apuntarán y dispararán sin escrúpulo alguno. El juego es extremo y violento y solo uno de los competidores debe permanecer vivo para que la competencia termine.

Se había intentando adaptar el libro a la pantalla grande antes, pero recién este año se logró; “The Long Walk”, la película, es dirigida por Francis Lawrence, director idóneo, ya que también estuvo a cargo de otras películas distópicas sobre adolescentes y sobrevivencia, como la saga de “The Hunger Games”, por ejemplo. Protagonizada por Cooper Hoffman y David Jonsson, la película solo se toma un par de libertades en cuanto al libro; el cambio sobre el final puedo entenderlo, pero borrar las dudas sobre la sexualidad del personaje principal como si todavía existiera el código Hays, me pareció una decisión medio extraña. Un detalle que podría ser más criticable es que el personaje de Pete (David Jonsson) es una especie de aquel cliché del personaje afroamericano mágico/sabio, que solo existe en la trama para ayudar o guiar al protagonista.

De todos modos, “The Long Walk” convence muy bien con las razones del por qué existe una competencia como aquella eterna caminata, desarrolla muy bien la idea de la hiper masculinidad y del patriotismo relacionada a regímenes autoritarios y le alcanza el tiempo para desarrollar a los personajes; podría ser aburrido ver a los personajes siempre en el mismo contexto, pero “The Long Walk” no cae en esa trampa, ya que siempre está pasando algo y los diálogos son lo suficientemente buenos como para mantener la atención. A veces es cruda, pero nunca aburrida.

Me gustó mucho este universo alternativo de Lo Vásquez; con mi suerte, habría sido el niño que se quiebra la pata.

 

Las adaptaciones de obras literarias o de obras teatrales a la pantalla grande no siempre son del gusto de los autores y “Cat on a Hot Tin Roof” es un ejemplo de eso; Tennessee Williams, autor de la obra, nunca se quedó piola respecto a lo que pensaba sobre la adaptación de Richard Brooks, pero el único error cometido por Hollywood fue caer bajo las redes del código Hays; por culpa de sus reglas, uno de los temas centrales de “Cat on a Hot Tin Roof”, la homosexualidad de uno de sus protagonistas, fue completamente removido de la trama y la historia tuvo que ingeniárselas de otra forma para crear un conflicto.

Mientras que, en la obra teatral, Brick (Paul Newman) sabe de la homosexualidad de su ex compañero Skipper y cuestiona su propia sexualidad, la película desarrolla sentimientos de celos hacia Skipper por haberse acercado a Maggie (Elizabeth Taylor), la esposa de Brick; él la acusa de infidelidad, razón por la cual no quiere acostarse con ella. Yeah, right. A pesar de sus problemas maritales, Brick y Maggie llegan a la casa de los padres de Brick para celebrar el cumpleaños de Big Daddy (Burl Ives), un empresario codicioso y frío que odia a todo el mundo, excepto a Maggie. La familia también está en conflicto, porque nadie quiere contarle a Big Daddy sobre su verdadero diagnóstico médico y su hijo mayor, Gooper (Jack Carson), quiere quedarse con toda la herencia, ya que Brick no está en su mejor momento.

Claro, porque Brick es un ex jugador de fútbol americano sufriendo de alcoholismo debido a la culpa que siente tras el suicidio de Skipper y la traición entre él y Maggie. Brick ni siquiera está interesado en la herencia o en la enfermedad de su padre, lo que también preocupa a Maggie; ella viene de una familia pobre y el dinero representa seguridad, pero sin su marido al lado y la envidia de su cuñada por el otro, Maggie siempre está tratando de ganarse a su suegro. “Cat on a Hot Tin Roof” se desarrolla en un solo escenario, la gigante casa familiar, pero hay tanto conflicto que la película nunca pierde el ritmo y nunca deja que ninguno de sus actores pierda importancia; las actuaciones están a la altura y ver esta película es uno de esos momentos en donde entiendes por qué se convirtió en un clásico.

Además, no puedes juntar a Paul Newman y a Elizabeth Taylor, los actores con los ojos más hermosos y penetrantes del cine, y no quedarte pegada mirándolos.

 


La trama de “Simone” gira en torno al director Viktor Taransky (Al Pacino), quien crea una actriz con un programa digital, ya que su carrera está hundida: nadie quiere trabajar con él debido a sus continuos fracasos, su mayor colaboradora lo abandona y ningún estudio quiere arriesgarse a hacer películas que se centren más en historias que en las estrellas. Viktor no se ve con más opción que usar la aplicación que le entrega un fanático para crear a Simone (Rachel Roberts), la actriz perfecta, talentosa y fiel con la que siempre soñó. Desde su primera película, Simone se convierte en un éxito y todo el mundo se obsesiona con ella; Viktor tiene que arreglárselas para que nadie descubra su estafa, pero al mismo tiempo, siempre está pensando en contar la verdad. 

Mientras veía la película, no dejaba de pensar en Tilly Norwood, la actriz creada este año con inteligencia artificial por alguna razón que jamás entenderé; no soporto la inteligencia artificial y no soporto la idea de que aparezca en todas partes, hasta en esas fotos ridículas que todo el mundo sube a redes sociales. El hecho de crear a una actriz suena peligroso, ilegal e innecesario cuando hay tanto talento que ni siquiera ha sido descubierto todavía; en el contexto de “Simone”, nadie se molesta mucho frente a esa problemática y lo ven como algo innovador, llamativo y lucrativo. Quizás se deba a que la película se estrenó en una época donde la tecnología todavía era algo novedoso y queríamos descubrirlo todo, pero estoy segura de que, si se estrenara hoy, causaría mucho más debate.

 

En el cumpleaños de mi actor favorito (que ha estado en la capilla últimamente), decidí por fin ver la última película que me quedaba de su filmografía (theatrical release, como dicen los gringos). Siempre supe sobre la polémica que rodeaba a “Don’s Plum” desde sus inicios: una película que debía ser un corto, una trama que no resultó como se esperaba y una demanda para que la cinta no fuese estrenada en Estados Unidos; era muy difícil encontrarla, no la daban nunca en el cable y no estuvo disponible de verdad en internet hasta hace un par de años.

El resentimiento de Leonardo DiCaprio y de Tobey Maguire hacia “Don’s Plum” es justificado; la película es pésima. La historia sigue a un grupo de amigos que se reúne en su lugar regalón, llamado precisamente Don’s Plum, restaurante en donde hablan de la vida sin tapujos, ni siquiera con las novias/amigas que invitan a la junta. El grupo es insoportable; es como ese grupo del colegio que nunca se quedaba callado, el que creía que eran los más chistosos y que, al final, solo era un grupo de insoportables. Todas sus conversaciones terminan en insultos, en discusiones y en peleas físicas, lo que, a los quince minutos, ya se vuelve aburrido.

La película debía ser un corto y debió haber seguido esa regla, porque la historia se da vueltas en sí misma y se vuelve tediosa; la mayoría de los diálogos fueron improvisados y se nota, porque ni siquiera hubo un esfuerzo en intentar seguir una línea. Las actuaciones principales son todas iguales y no hay ningún personaje que destaque; debió haberse quedado donde estaba no más, no nos perdimos de nada.

 

Una mención a Chile en cualquier película extranjera siempre será bienvenida y, si viene de parte de Robert Mitchum, todavía mejor; ojalá la trama de “Out of the Past” se hubiese desarrollado en Chile, pero la película de por sí es muy perfecta, fiel representante del cine negro, ya que tiene todos los elementos clásicos: una voz en off, un flashback, una femme fatale y un crimen del que se acusa al protagonista.

Jeff Markham (Robert Mitchum) trata de vivir una vida tranquila en un pequeño pueblo de California como Jeff Bailey, el dueño de una gasolinera que también sale con Ann Miller (Virginia Huston), una buena y leal chica a la que todos le aconsejan alejarse de él. La rutina de Jeff va bien hasta que, literalmente del pasado, aparecen Joe Stefanos (Paul Valentine) y Whit Sterling (Kirk Douglas) otra vez en su vida; resulta que Jeff era detective y había quedado pendiente un trabajo para Whit, uno relacionado a Kathie Moffat (Jane Greer), quien le había disparado y robado 40 mil dólares.

Jeff la había encontrado, pero, como Jane Greer es una de las mujeres más hermosas del mundo, fue inevitable para el detective enamorarse de ella. Jeff le cuenta todo a Ann en un flashback como de cuarenta minutos, luego del que la película vuelve al presente, momento en el que Whit le ofrece un nuevo trabajo a Jeff; ahora él debe decidir si resuelve sus problemas del pasado o si deja todo atrás y mira hacia el futuro. No sólo Kathie es difícil de resistir, sino que también lo es Whit; con su parada amable, pero amenazante, su dinero y siendo interpretado por Kirk Douglas, quien apenas era un principiante en aquella época, el personaje pone tanto en conflicto a Jeff como lo hace Kathie. Conflictos diferentes, claro, pero conflictos que lo alejan de su pacífica e inventada vida.

“Out of the Past” me pareció una película casi perfecta; podría vivir sin la subtrama de Eels y Meta, pero la actuación de Jane Greer, como la femme fatale idónea, y la fotografía compensan cualquier otro detalle.

 

Si bien no es una película estrictamente perteneciente al género del film noir, “Dial M for Murder” es considerada como una de las películas de Alfred Hitchcock que podría ser parte del grupo; además del suspenso clásico muy digno del director, la cinta también tiene varios elementos del cine negro, como, por ejemplo, un asesinato, una femme fatale y un detective más astuto de lo que demuestra.

La historia se centra en Tony Wendice (Ray Milland) y sus planes para asesinar a su esposa, Margot (Grace Kelly), ya que ha descubierto la relación entre ella y Mark Halliday (Robert Cummings), un estadounidense escritor de novelas policíacas. Tony nos cuenta, durante casi media hora, su plan de asesinato, que él considera perfecto; consigue la ayuda de un ex compañero de universidad, Charles Swann (Anthony Dawson), pero no hay crimen perfecto y las cosas se complican para ambos cuando Margot sobrevive al ataque. Luego de la explicación del asesinato, “Dial M for Murder” continúa con la explicación de Tony y Margot a la policía para luego seguir con la explicación de la resolución del conflicto.

Mucha explicación y poca acción. Lo que pasa con “Dial M for Murder” me recordó a un video que vi en TikTok, en donde analizaban que las películas y series de hoy en día han bajado la calidad de los diálogos, ya que todos deben ser ultra explicativos, porque la gente no puede soltar sus celulares y mirar otra pantalla; ver “Dial M for Murder” se sintió como ver una película de ese tipo. El aburrimiento es inevitable y la atención sólo se mantiene gracias a las actuaciones y a aquella vibra claustrofóbica de principio a fin.
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