365mm Vol. 2

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La masculinidad frágil le ha hecho tanto daño a este mundo como la masculinidad en sí y los directores Sam H. Freeman y Ng Choon Ping lo exploraron en su cortometraje llamado “Femme”; el corto fue tan buen recibido que los directores tuvieron la oportunidad de hacer de la historia un largometraje del mismo nombre. 

La historia se trata de Jules (Nathan Stewart-Jarrett), un artista drag que me recuerda mucho a Shea Couleé; Jules es exitosa y tiene un trabajo estable, pero una noche se encuentra a un grupo de amigos tan homofóbicos como violentos. Uno de ellos en particular, Preston (George MacKay), ataca a Jules de manera tan fuerte que, después de meses, él todavía enfrenta el post estrés del ataque y no quiere volver a salir ni a actuar. Cuando Jules por fin se atreve a salir, encuentra a Preston en una sauna exclusivo para hombres y se da cuenta de la verdad que su atacante esconde tras esa fachada violenta y arrogante; Preston no reconoce a Jules y él aprovecha la ocasión para acercarse, planificar una venganza y exponerlo ante el mundo como lo que verdaderamente es. 

La idea es genial, porque la venganza a veces es buena, pero, cuando Jules comienza a acercarse más a Preston y él baja la guardia, se da cuenta de que quizás la exposición no sea el plan de venganza ideal. Jules entra en conflicto y “Femme” pronto también se convierte en un thriller, en donde ambos personajes se sienten igual de perseguidos; es de esas películas intensas e incómodas, pero necesarias de todas maneras. Y, aunque me hubiese gustado ver a Harris Dickinson no sólo como protagonista del cortometraje, George MacKay lo hace increíble también.

 


Lo que pasó en Stonewall en 1969 fue clave para la lucha por los derechos LGBTQ+; los justificados disturbios marcaron un antes y un después en la historia y la figura de Marsha P. Johnson, una mujer transexual, como líder del motín se volvió en una imagen icónica, ya que, hasta el día de su muerte, ella luchó por los derechos de la comunidad. Por esta razón, y varias más, es curioso que una película sobre los hechos de Stonewall haya sido enfocada en un personaje blanco, gay y ficticio.

A pesar de que “Stonewall” esté escrita y dirigida por hombres gay, la historia omite por completo la importancia de Marsha en los hechos y decide concentrarse en Danny Winters (Jeremy Irvine), un adolescente que llega a Nueva York tras ser expulsado de su hogar por sus padres, un matrimonio estricto y católico. El primer día, Danny conoce al grupo de amigos de Ray (Jonny Beauchamp), quienes también son jóvenes abandonados y solitarios como él, por lo que se une rápidamente a su rutina. El grupo también tiene problemas con la policía y, cuando los abusos ya son demasiados, es Danny quien lanza la primera piedra en forma de protesta… sí, claro.

Además de ser extremadamente aburrida, “Stonewall” se reniega a dejar el foco en Danny, tanto que nos muestran flashbacks de su historia antes de llegar a Nueva York e incluso después, una vez que Stonewall ya había pasado; no hay nada más fome que un protagonista blanco frente a los verdaderos protagonistas de los hechos y todavía me causa tanta gracia como rabia que nadie se diera cuenta durante producción. El grupo de amigos de Danny es mucho más interesante, incluso cuando no está bien escrito ni bien personificado, y lo más insultante es, sin duda alguna, el hecho de que la película usara la figura de Marsha P. Johnson como personaje de todos modos y lo relegara ni siquiera a personaje secundario, sino que con suerte a uno terciario. Marsha aparece en la historia como un adorno y considero que es una falta de respeto dejarla como mera testigo cuando ella fue una participante activa, pero los blancos siempre están queriendo borrar o editar la verdadera historia.

Lo bueno es que todo el mundo reconoció esta falta de respeto y “Stonewall” generó tal controversia que le fue pésimo al momento de su estreno. Y me alegro. Sabía que iba a perder mi tiempo viendo esta película, pero tenía que salir del cacho de la curiosidad de una vez.

 

Otra de las películas que se estrenaron en 2018 y que trató el tema de las terapias de conversión fue “Boy Erased”; dirigida por Joel Edgerton, la película se basa en la historia de Garrard Conley, un joven que fue obligado a asistir a un centro de conversión y quien luego escribió un libro sobre las malas prácticas a las que fue sometido, exponiendo a todos los que trabajaban en aquel lugar.

Basándose en aquel libro, “Boy Erased” cuenta la historia de Jared Eamons (Lucas Hedges), un adolescente promedio, hijo único de Nancy (Nicole Kidman) y Marshall Eamons (Russell Crowe), un matrimonio ideal y extremadamente devoto del catolicismo; de hecho, Marshall es pastor, por lo que, cuando un imbécil deja a Jared al descubierto, el joven no tiene ninguna oportunidad de librarse del juicio católico que recibe por parte de sus padres y de otros conocidos.

En Love in Action, un centro real que existió hasta 2012, a Jared se le enseña que las cosas que siente hacia otros hombres son un pecado sexual, una opción influenciada por mala crianza o heredada a través de otro pariente que quizás también tenía las mismas tendencias o que quizás era alcohólico o violento; incluso cuando quieren meterle esta ideología por las narices, Jared sabe que todo es una farsa y se le hace muy difícil seguirles la corriente a las personas a cargo del centro. Tanto Jared como los otros adolescentes que conoce ahí saben que esa es la solución más rápida: asentir, rezar, asumir y seguir la corriente, pero, en ese ambiente, es tan complicado seguir las reglas como seguir siendo fiel a uno mismo. Sin contar el abuso psicológico y físico al que estaban expuestos, por supuesto que esos lugares deberían ser ilegales hace rato.

Según el libro de Garrard Conley, él tuvo mucha mejor suerte que varios de los otros jóvenes con los que estuvo en Love in Action; su madre entró en razón y lo ayudó a salir, y luego Garrard fue a la universidad y se fue a vivir a Nueva York. “Boy Erased” tiene algunos momentos que no siguen la historia del libro y entiendo que lo hagan por el shock value, pero aun si no tuviera esas escenas, el contexto es repudiable de todos modos.

 


Los centros de terapia de conversión deben ser de los lugares más horribles que todavía se permiten existir; adolescentes son torturados psicológicamente, son convencidos de que arderán en el infierno por sus supuestos pecados y, como si fuera poco, se les enseña a odiarse a sí mismos, tal y como lo dice la protagonista de “The Miseducation of Cameron Post”. 

Cameron (Chloë Grace Moretz) es una adolescente obligada por su tía a entrar a un centro llamado “God's Promise”, luego de haber sido descubierta con una compañera de curso. Cameron no tiene a nadie más; sus padres murieron cuando era pequeña y, sin una red de apoyo, es mucho más fácil para esos lugares atrapar a jóvenes solitarios como ella. El centro está dirigido por la doctora Lydia Marsh (Jennifer Ehle) y su hermano, el reverendo Rick (John Gallagher Jr.), quien asegura que los métodos de su hermana lo ayudaron a sanarse de su homosexualidad, porque sí, la homosexualidad es tratada tanto como un pecado como una enfermedad.

En este centro, Cameron conocerá a otros adolescentes y pronto se dará cuenta de que la amistad es la única manera de sobrellevar el tiempo en aquel lugar. Jane Fonda (Sasha Lane) y Adam Red Eagle (Forrest Goodluck) son dos de los jóvenes a los que Cameron se acerca; Jane creció en una comunidad hippie, mientras que Adam era parte de un grupo nativo, pero su padre decidió convertirse al catolicismo. Los tres se unirán gracias al escepticismo que sienten hacia el centro de conversión.

Es que, obvio, esas supuestas terapias no sirven para nada más que para destruir la autoestima y el espíritu de las personas y deberían ser eliminados para siempre. “The Miseducation of Cameron Post” expone la triste realidad sobre estos abusos psicológicos y, a veces, hasta físicos; sin caer en el morbo o en la explotación, la película es un relato sensible, pero directo; la versión más seria de “But I’m a Cheerleader”.

En el Londres triste y apagado de la época de Margaret Thatcher, una familia pakistaní debe lidiar contra el racismo con tal de surgir y de dejarle un legado a sus hijos. Por un lado, tenemos a Nasser Ali (Saeed Jaffrey), quien ha conseguido un lugar en la sociedad gracias a sus miles de negocios, mientras que su hermano, Hussein (Roshan Seth), no pudo disfrutar tanto del dinero y vive en condiciones menos privilegiadas.

Omar (Gordon Warnecke) es hijo de Hussein, pero quiere triunfar tanto como su tío; su padre quiere que vaya a la universidad, pero Omar sólo quiere dinero. Luego de que su tío le dejara a cargo un servicio de lavandería que sentía como un cacho, Omar contrata a su amigo Johnny (Daniel Day-Lewis) para que le ayude a levantar el negocio; Johnny es una especie de pandillero rebelde que anda medio perdido por la vida, pero decide ayudarle a Omar de todos modos. Cuando ambos se reencuentran, también retoman viejas llamas del pasado.

Es interesante ver también cómo ambos van cambiando a través de la película y derribando mitos de lo que se esperaba de ellos; Omar, quien debía ser el niño bueno de la historia, se va metiendo en cosas medias ilícitas con sus parientes, mientras que Johnny, a quien vemos al principio como un bueno para nada, ve el trabajo en la lavandería como una oportunidad de mejorar y de enderezar su vida.

Lo único que podría criticar de “My Beautiful Laundrette” es que, para mí, termina de manera algo abrupta y no me dejó desarrollar más a los personajes, pero la escena de la champaña compensa cualquier otro detalle.

 


Ver a Tatiana Maslany en pantalla me provoca tanta nostalgia por “Orphan Black” como rabia de que todo el mundo desaproveche su talento y no la contrate en todas las películas del mundo sólo para dejarla en cosas como “She-Hulk”, en donde, además, se convierte en blanco fácil de los mayores críticos sin argumentos del mundo. Pero, aunque sea en un cortometraje, siempre me alegrará verla, aunque sea un ratito.

En “Apart from Everything”, Tatiana interpreta a Fran, una joven que acaba de salir de rehabilitación y debe enfrentar a las personas que dañó por culpa de su adicción; primero, Fran se reúne con su ex novia, Lana (Tattiawna Jones), y luego visita a su hermano, Rob (Sergio Di Zio), y a su familia. Cada frase de sus conversaciones es más dolorosa que la anterior, pero son necesarias para que Fran pueda seguir adelante.

Tatiana muestra todas las emociones que se le pidan en tanto solo veinte minutos; sólo puedo soñar con que alguien más vio esta película y decidió producirla y convertirla en un largometraje.

 

A comienzos de los años 1900, en los rincones de Cambridge, Maurice Hall (James Wilby) conoce a Clive Durham (Hugh Grant). Su amistad pronto pasa a convertirse en algo más, pero, debido a que la homosexualidad era todavía vista como una enfermedad y era algo ilegal ante la sociedad más conservadora de la época, tanto Maurice como Clive deben esconder sus sentimientos y fingir que son sólo amigos.

Para Clive es mucho más fácil: consigue una novia y se casa, mientras que para Maurice las cosas son muchos más complicadas; piensa en Clive todo el tiempo y lo anhela y, ¿quién mejor para retratar ese anhelo que James Ivory?, quien lo escribió de manera tan hermosa en “Call Me By Your Name”. El anhelo de Maurice es triste de ver; hace de todo para dejar de pensar en Clive: deja la universidad, sale con otras personas, habla con un doctor sobre su “enfermedad” y hasta intenta dejar de ser homosexual con una sesión de hipnosis, pero, por supuesto, nada funciona.

“Maurice” es una historia triste, pero nunca explota el morbo ni tampoco a sus personajes; se convierte en una historia de desamor sensible, íntima y llena de imágenes tan lindas como la escena cerca del río o la escena del primer beso.

 


No es sorpresa para nadie que las películas de Pedro Almodóvar siempre han tomado mucha inspiración de sus experiencias de vida, como su crianza rodeada de mujeres o sus inicios en Madrid, pero “Dolor y Gloria” debe ser su película más personal hasta el momento. Me encanta que sea lo más autorreferente posible, porque siempre me ha parecido una de las personas más interesantes del cine y, si puedo conocerlo a través de sus historias, ya es más que suficiente para mí. 

A pesar de que se trata de una autobiografía, Almodóvar también recurre a la ficción para contar la historia de Salvador Mallo (Antonio Banderas), un director de cine consagrado ya en un avanzado punto de su carrera, pero donde, de todas maneras, tiene que lidiar con el bloqueo de escritor. Salvador es un hombre solitario, que está enfrentando la reciente pérdida de su madre y los achaques diarios correspondientes a su edad; vive en un departamento que necesito comprar o copiar su diseño y en su computador tiene varios documentos Word en los que está trabajando, incluido uno llamado “Extraña Forma de Vida”. Awww.

Una de sus primeras películas, “Sabor”, va a ser reestrenada, por lo que Salvador debe reencontrarse con su protagonista, Alberto Crespo (Asier Etxeandia); ambos no se hablan desde el estreno original de la película, por lo que su reunión podría ser tan dulce como amarga. Al mismo tiempo, “Dolor y Gloria” nos muestra flashbacks de la infancia de Salvador y de lo mucho que su madre y las mujeres a su alrededor influyeron en su vida, así como también otro reencuentro que la reunión con Alberto traerá a su vida: el de Federico (Leonardo Sbaraglia), un antiguo amor que Salvador había perdido por culpa de sus adicciones.

Entre recuerdos y reencuentros, “Dolor y Gloria” se da en un contexto melancólico que funciona gracias al carisma de sus historias; no es un cuento triste ni apagado, sino que es uno adorable y sincero que permite conocer más tanto la mente como el corazón de Pedro Almodóvar. Si antes ya lo quería, ahora necesito que me adopte para poder conversar de películas todo el día.

 

De vez en cuando pasa que decido ver una película muy aclamada o muy famosa en la comunidad cinéfila… y no siento nada. Lamentablemente, me pasó con la reconocida “Je Tu Il Elle”, película dirigida por Chantal Akerman; la historia se trata de Julie (Akerman), una mujer que trata de superar el término de su última relación. La primera media hora vemos cómo se distrae reorganizando los muebles de su casa, luego conoce a un camionero y, finalmente, llega a casa de su ex, en donde podemos ver la primera escena de sexo lésbico del cine mainstream, razón por la cual entendería que la película sea tan conocida.

“Je Tu Il Elle” me pareció una película demasiado aburrida y lenta, cuyo llamativo sólo recae en una escena de sexo que parece una parodia.

 


La reina Cristina de Suecia (1632-1654) fue criada, como lo decía su padre, como un niño; desde pequeña, se le enseñó equitación, esgrima y cacería, así como también siempre le fue permitido usar vestimentas masculinas, como pantalones, por ejemplo, una prenda que siempre ha sido polémica para la historia de las mujeres. Cristina fue criada para reinar tan bien como lo habría hecho cualquier otro heredero del montón, pero sus preferencias y su personalidad la convirtieron en un mítico personaje para la época.

Por supuesto que un personaje así de interesante tenía que ser interpretado por la igual de mítica Greta Garbo. En “Queen Christina” la actriz se luce como una reina autoritaria, empática y defensora tanto de su pueblo como de Suecia; es una joven divertida y alegre que no le teme a ningún hombre y que no esconde su cariño por Ebba Sparre (Elizabeth Young), una de sus damas de compañía. La película sí se toma varias otras libertades y nos quiere hacer creer que la razón de la abdicación de Cristina fue un triángulo amoroso entre dos hombres.

Se supone que Cristina estaba comprometida con su primo, Carlos Gustavo (Reginald Owen), pero se enamora de Antonio Pimentel (John Gilbert), un español que llega a la corte en nombre de Felipe IV; el hecho de que ella nunca expresó interés en casarse y que Antonio no tuviera un título real contribuyen al drama, pero la realidad era sólo que Cristina no quería casarse y quería convertirse al catolicismo. “Queen Christina” no lo retrata, pero luego de su abdicación, la reina deja todo y se va a vivir a Roma, lugar en donde nadie podría molestarla y ella podría seguir viviendo a su manera, detalle que, inevitablemente, recuerda el deseo de la mismísima Greta Garbo.

 

Aquella frase de que Anónimo siempre fue una mujer le queda casi como anillo al dedo a “Colette”, película sobre la historia de Sidonie-Gabrielle Colette (Keira Knightley), escritora que se hizo conocida en Francia gracias a las novelas de su personaje Claudine, a quien basó en sus propias experiencias viviendo en un pueblito de Burgundy. Más conocida como Colette, la escritora se casó con Henry Gauthier-Villars (Dominic West), un hombre catorce años mayor que ella, quien la llevó a vivir a París, en donde Colette comenzó a aprender de la vida bohemia e intelectual y de los artistas de la época.

Además de expandir sus horizontes y de explorar su bisexualidad, Colette también comienza a escribir para Henry; primero lo hace como escritora fantasma, pero cuando termina la primera novela de Claudine, Henry toma todo el crédito de la obra con la excusa de que Colette nunca podría publicar sus trabajos por el simple hecho de ser mujer. Claro que para la época era verdad, pero Henry se aprovecha demasiado de la situación y relega a Colette a segundo plano; ella acepta la posición de inspiración, pero no teme encarar a su marido cada vez que sea necesario o hacer lo que ella quiera cuando se aburre de sus actitudes.

“Colette” es una biografía tan interesante que ahora necesito leerme todos los libros de Claudine en un día; no sólo es interesante porque retrata la figura de una mujer como Colette, sino porque también muestra personajes como el de Missy (Denise Gough), una artista que se atrevía a vestirse como hombre en una época donde era ilegal que las mujeres usáramos pantalones, por ejemplo, o por el paso de la modernidad a través de la historia: de carruajes a autos, de velas a electricidad, de tinta a lapicera, detalles que me gustaron tanto como la escena en donde le dicen a Colette que tiene bonitos dientes.

Así como hubo libros que no se salvaron de una quema ignorante y miedosa, también fue el caso de los cómics de La Mujer Maravilla; creados por el psicólogo William Moulton Marston, las historias de la superheroína no se libraron de prejuicios y de acusaciones como sodomía, provocación, lesbianismo o antifeminismo, pero su autor defendió la figura de la Mujer Maravilla a pesar de todos los intentos de censura que enfrentó.

“Professor Marston and the Wonder Women” se centra en la historia de Marston (Luke Evans) junto a las mujeres que lo inspiraron a crear a su famoso personaje. Primero, tenemos a Elizabeth Holloway (Rebecca Hall), su esposa, quien también era psicóloga y con quien trabajó incluso en perfeccionar el ahora conocido detector de mentiras, detalle que influyó en el lazo de la verdad de la Mujer Maravilla, por ejemplo. Por culpa del sexismo de la época, Rebecca siempre trabajaba junto a William o hacía clases con él; en una de esas clases, conocen a Olive Byrne (Bella Heathcote), una ingenua estudiante a quien contratan también como asistente y ayudante de investigación.

Olive es uno de los personajes más interesantes, ya que provenía de una familia de feministas radicales que impulsaron cosas como el derecho a voto, los métodos anticonceptivos o el amor libre; tanto el historial familiar como la ternura de Olive llama la atención tanto de William como de Rebecca y la relación entre los tres pronto se convierte en una relación poliamorosa, la cual servirá a William de inspiración para la creación de Diana Prince. Para él, la Mujer Maravilla era la combinación perfecta entre Elizabeth y Olive.

Lo que hacían, según Elizabeth, era una fantasía imposible; en esa época, la homosexualidad y el lesbianismo todavía eran consideradas enfermedades mentales y vivir en una relación poliamorosa no era permitido ni por la ley; los prejuicios sólo eran externos, ya que los tres se esmeraron en cuidar su relación y en crear un hogar cariñoso para sus cuatro hijos. Cada demostración de convicción, ternura, progresismo y libertad quedó plasmada en los comics que William escribía y que su familia luego se encargó de proteger también.

“Professor Marston and the Wonder Women” nunca juzga a sus personas ni a sus decisiones ni explota ninguna de las relaciones y creo que ayuda por completo el hecho de que haya sido dirigida por una mujer, Angela Robinson, ya que trató la historia desde la mirada femenina y no desde el simple morbo, algo que era una de mis dudas al momento de decidirme a ver esta película, pero tanto directora como actores me demostraron lo contrario. Lo único fome es que el personaje de la Mujer Maravilla terminó siendo interpretado por quien ya sabemos; no creo que a ninguno de los tres protagonistas le hubiese gustado el casting.

 


Encontrar una película como “Desert Hearts” es casi como encontrar un tesoro este mes: un romance lésbico sin estereotipos ni prejuicios, ambientado en los años ’50, escrito y dirigido por mujeres y estrenado en los años ’80. La historia se trata de Vivian Bell (Helen Shaver), una profesora universitaria que viaja a Nevada para finalizar su divorcio.

Su viaje de seis semanas la lleva hasta un pueblito en el desierto en donde conoce a Cay Rivvers (Patricia Charbonneau), una veinteañera que sueña con ser artista y escapar del lugar para ser libre y feliz, pero aun cuando vive ahí, Cay ya es libre y feliz sin siquiera preocuparse en la opinión de los demás. El espíritu alegre y liberal de Cay de inmediato llama la atención de Vivian.

Su amistad pronto se convierte en una relación íntima, romántica y honesta, sin grandes discusiones sobre la complejidad de estar con otra mujer, sin muertes al final de la película y sin escenas que sólo sirvan para la mirada masculina; es una historia de amor casi tan corriente como cualquier otra.

 


“Sunday Bloody Sunday” cuenta la historia de una relación poliamorosa entre Bob Elkin (Murray Head), Alex Greville (Glenda Jackson) y Daniel Hirsh (Peter Finch), algo que me resulta bastante sorprendente para una película de los años ’70. Bob es un artista que, al mismo tiempo, mantiene una relación con Alex, una mujer recientemente divorciada, y con Daniel, un doctor varios años mayor que él.

La relación entre los tres se da de manera natural; tanto Alex como Daniel saben acerca de la existencia del otro y, en lugar de reclamarle a Alex, aceptan sus condiciones sin mucho reparo. La bisexualidad de Alex también se trata de manera natural, como algo común; es tanta la normalidad en “Sunday Bloody Sunday” que nunca se utilizan palabras como gay, poliamor o bisexual, ya que las etiquetas no son importantes en esta historia, sino que lo son las emociones y las rutinas que viven los personajes.

Imagino toda la controversia que la película pudo haber enfrentado en su época, pero funciona muy bien para los parámetros de esta, mucho mejor que otras historias que he visto.

 


A veces me gusta identificarme con los personajes de esas historias de treintañeros perdidos por la vida, pero no me gustaría estar en el lugar de Shirin (Desiree Akhavan): cesante, sin departamento, sin pareja, sin poder confiar en sus padres y sin ganas de hacer nada. Esos momentos de tocar fondo son retratados de manera realista, sincera y cruda por Desiree Akhavan, quien también escribió y dirigió “Appropriate Behavior”.

Basándose en un par de experiencias, Desiree también retrató todos los intentos de Shirin de reconstruir su vida a partir de pequeñas soluciones, como mudarse a un departamento con una compañera de cuarto y su novio o conseguir un trabajo enseñándole a un kínder cómo filmar un cortometraje. El viaje de Shirin va acompañado de varios flashbacks de su relación con Maxine (Rebecca Henderson), con quien ya tenía horribles peleas al final y con quien se encuentra un par de veces más luego de haber terminado.

Entre momentos incómodos y otros graciosos, “Appropriate Behavior” nunca aburre y me recuerda que siempre se puede estar peor.

 


Leonardo (Ghilherme Lobo) es un adolescente ciego que vive en Brasil; a pesar de su discapacidad, es bastante independiente y tiene aspiraciones de hacer un intercambio en el extranjero, algo que le trae problemas con su madre, ya que ella es demasiado sobreprotectora. Leonardo tiene una mejor amiga, Giovana (Tess Amorim), quien lo acompaña a todas partes, pero las cosas entre ellos empiezan a chocar cuando aparece Gabriel (Fábio Audi), su nuevo compañero de curso. 

La llegada de Gabriel revoluciona a todo el curso y también despierta sentimientos nuevos en Leonardo, en una trama que no gira en torno a un autodescubrimiento terrible y lleno de prejuicios, sino que en una historia adorable sobre la amistad y el primer amor. De hecho, cualquier historia que tenga de fondo a Belle & Sebastian siempre será adorable.

 

Es una verdad universalmente reconocida que no hay película en la que Dakota Johnson actúe bien y no hay manera de convencerme de lo contrario, pero la trama de “Am I Ok?” era demasiado entretenida como para dejarla pasar. La película está escrita por Lauren Pomerantz, quien se basó en aspectos de su amistad con la productora Jessica Elbaum para crear la historia de Lucy y Jane.

Lucy (Dakota Johnson) es una recepcionista de 32 años que vive en California y que pasa la mayoría del tiempo con su mejor amiga, Jane (Sonoya Mizuno); ella trabaja en una empresa genial que le da un ascenso y la oportunidad de irse a trabajar a Londres, pero la noche en la que se lo cuenta a Lucy ella tiene una especie de crisis y llora sin parar hasta contarle que está dudando de su sexualidad. Lucy se siente frustrada, porque cree que eso es algo que ya debería tener definido; además, se siente estancada en la vida y no parece tener el ánimo de cambiar las cosas. Lo bueno es que Jane, como mejor amiga, intenta ayudarla en todo lo que puede, pero comete el clásico error que comete todo el mundo y es no dejar que las cosas vayan al ritmo de la persona que recién salió del clóset; no puedes tirarla al otro día a los tiburones y esperar que sobreviva altiro. Entre esta y otras cosas, la amistad entre Jane y Lucy comienza a quebrarse y ambas viven cosas que deberían haber compartido con su mejor amiga. 

“Am I OK?” es la película ideal para esa lista de treintañeros que se sienten perdidos en esta etapa de la vida; tiene momentos tiernos, graciosos y otros con los que es fácil identificarse. A esta edad, se implora por películas así; no sólo los adolescentes o veinteañeros están medios perdidos por la vida o no son los únicos que no saber qué hacer con las consecuencias de las decisiones que ya han tomado. Volvería a verla todos los fines de semana.

Pero, por muy buena que la película sea, Dakota Johnson sigue sin transmitir nada en cada escena.

 

Es una verdad universalmente reconocida que no hay adaptación de “Orgullo y Prejuicio” que sea mala; quizás la versión que tenía zombies, pero a esa le faltaba de todo. “Fire Island” queda dentro de aquella verdad, por suerte. Dirigida por Andrew Ahn, la película se centra en un grupo de amigos que pasa el verano en la isla del mismo nombre, conocida por su ambiente y sus fiestas gay-friendly.

Noah (Joel Kim Booster), quien vendría siendo Elizabeth Bennet, es quien motiva a todos sus amigos para volver a quedarse en casa de Erin (Margaret Cho), la única amiga lesbiana que tienen y quien los cuida como si fueran sus propios hijos. Noah, en una actitud que me recordó también a “Emma”, quiere que su mejor amigo, Howie (Bowen Yang), encuentra pareja; Howie vendría siendo Jane Bennet, igual de tímido, inseguro y adorable.

El grupo conoce a Charlie (James Scully) y a Will (Conrad Ricamora), los respectivos señores Bingley y Darcy. Charlie quiere de inmediato al grupo, pero sus amigos los miran en menos y desprecian las actitudes de Luke (Matt Rogers), Keegan (Tomás Matos) y Max (Torian Miller), quienes serían Lydia, Kitty y Mary. Entre pésimas primeras impresiones, fiestas hasta el amanecer y problemas de comunicación, además de momentos muy graciosos y otros muy adorables, “Fire Island” es una especie de aire fresco entre tanta historia triste del género LGBTQ+ que ya he tenido que ver este mes.

La película es una comedia romántica de las buenas, y no sólo porque esté inspirada en “Orgullo y Prejuicio”, porque logra mantenerse a flote por su propio peso: es muy divertida y tierna, está muy bien adaptada al mundo moderno y al mundo de las referencias gay, y hasta desafía ciertas tramas clásicas de las comedias románticas cuando prefiere destacar más al personaje del mejor amigo que al personaje del protagonista. Dentro de todo, “Fire Island” es muy entretenida y disfruté mucho todas las referencias, desde “Call Me By Your Name” hasta el karaoke de “Sometimes”.

 


Matthias (Gabriel D'Almeida Freitas) y Maxime (Xavier Dolan) son amigos desde que eran pequeños; a pesar de ser tan diferentes, consiguieron mantenerse unidos, y también a su grupo del colegio, durante años. Matthias trabaja en el mundo corporativo y tiene oportunidades de crecer en la empresa; en cambio, Maxime está enfocado en su viaje a Australia y en lidiar con la pésima relación que tiene con su madre.

Las cosas entre los mejores amigos comienzan a ponerse algo incómodas cuando, durante una junta, se besan para una escena de la próxima película de la hermana de uno de los amigos del grupo. Es un simple beso, Maxime no le da importancia, pero Matthias se muestra extraño y perseguido desde el “estreno” de la película; se aleja de Maxime, se concentra en el trabajo que no le gusta y su actitud se vuelve muy hostil, llegando incluso a la violencia.

Las razones de la actitud de Matthias son bastante claras; estamos en una película de Xavier Dolan después de todo, pero, al mismo tiempo, el personaje quiere que todo sea lo más sutil posible, algo que se le hace imposible, ya que hasta su madre y su novia notan que algo raro está pasando entre él y Maxime. El término de una amistad puede llegar a ser muy triste y silencioso y hubo varios momentos en lo que “Matthias & Maxime” me recordó a “Close”; de hecho, es como si los niños de esa película hubieran crecido y la comunicación hubiese seguido siendo un problema.

 

Una serie de crímenes sin resolver alrededor de la escena gay de los ’70 en Nueva York fue la inspiración para “Cruising”; la historia se centra en el personaje de Steve Burns (Al Pacino), un policía novato que se infiltra en esa escena con tal de encontrar al asesino. Steve comienza a asistir a bares en donde las cadenas, el cuero y el S&M son protagonistas y, al mismo tiempo que él, vamos conociendo aquel mundo oculto en el que él nunca se imaginó estar.

Al parecer, “Cruising” recibió muchas críticas en su época y hubo varias protestas para boicotear la película, pero siempre hay que recordar que las películas son de su época. Personalmente, yo no la encontré ni escandalosa ni de esas historias que sólo buscan explotar el lado más provocador de una comunidad, pero sí tiene ese cliché de que antes, cuando se mostraba personajes gay, o eran psicópatas o eran asesinos, pero está basada en hechos reales, así que no se puede debatir mucho.

Yo me quedo con Al Pacino bailando en la disco con esa camiseta negra.

 


Quizás sea una contradicción no ver más cine chileno, pero la verdad es que nunca me ha gustado mucho. Quizás por eso me sorprenda tanto cada vez que aparece algo interesante cada dos o tres años, como “Tengo Miedo, Torero”. Basada en el libro de Pedro Lemebel, la película cuenta la historia de La Loca (Alfredo Castro), una travesti que vive en Santiago y que pasa su tiempo con sus amigas y bordando manteles para las viejas cuicas, esposas de militares de la dictadura.

La película, si bien no se trata de la dictadura en sí (otro criticismo que siempre recibe el cine chileno), se desarrolla en 1986, durante los últimos años de aquel horrible período. La Loca vive en una capital empobrecida, destruida y llena de protestas (como corresponde) en contra los militares y es en ese contexto en donde conoce a Carlos (Leonardo Ortizgris), un mexicano que, tras ayudarla una noche, le pide que le devuelva el favor escondiendo ciertas cosas en su casa. 

Con el tiempo y el intercambio de secretos, La Loca y Carlos comienzan a ser amigos, pero es inevitable para ella enamorarse de él. La película podría haber sido una completa burla al personaje principal, sabiendo también cómo es el Chile en el que crecimos, pero “Tengo Miedo, Torero” trata a su protagonista con mucho cariño y respeto, nunca la convierte en un estereotipo o en un cliché y la hacer ver cómo en realidad es: una persona. 

La vibra de la película es muy sincera y real y me hizo recordar aquella época como si hubiera vivido en ella; sentí que había algo muy identificable ahí, pero quizás porque La Loca y su barrio me recordó mucho a mi barrio de infancia también, en donde había una mujer a la que todos le decíamos “La Reina”. Ella siempre se paseaba por la calle principal, iba a comprar al negocio de mi tía y me saludaba con un “hola, mijita”, muy cariñosa y muy sonriente. Me pregunto qué habrá sido de ella.

 

Durante la dictadura brasilera, dos hombres comparten celda dentro de una cárcel. Luis Molina (William Hurt) es un travesti encerrado por “corromper a la juventud” y Valentín Arregui es periodista y preso político. Ambos son muy diferentes y varios momentos del día los vuelven insoportables entre sí, pero las conversaciones entre ellos son interesantes, reveladoras, sinceras y hasta graciosas a veces. Luis le cuenta a Valentín sobre su vida fuera de la cárcel, anécdotas intercaladas con la narración de una película alemana que Valentín considera propaganda nazi.

Valentín no quiere hablar mucho en un principio, ya que venía de ser torturado por ser simple hecho de ser militante de un partido político, pero se va sintiendo cada vez más cómodo con Luis y le da un par de detalles de sus andanzas a escondidas. Debido al pequeño set y a que se desarrolla en apenas dos o tres escenarios, “Kiss of the Spider Woman” es de esas películas que sirven de igual manera en la pantalla grande como en una obra de teatro.

Sé que tiene un par de cosas en contra, como la apropiación cultural, por ejemplo, pero la calidad de los diálogos y de las actuaciones compensan uno que otro detalle.

 

Alike (Adepero Oduye) es una adolescente tranquila e inteligente que vive en Brooklyn; tiene una sola amiga, Laura (Pernell Walker) y sueña con ser escritora, pero lo único que la acongoja es que debe esconder su sexualidad frente a su familia. Lee usa otra ropa frente a ellos, por ejemplo, y, cada vez que vuelve de sus salidas con Laura, la joven se cambia y esconde su ropa dentro de su mochila.

No es que su familia sea de esas que odien al personaje principal, pero su padre la mira como la niña de sus ojos que no puede cometer ningún error, mientras que su madre, algo más atenta que el emocionalmente ausente padre, sospecha de las actitudes de Alike, así como también de la manera en que a veces se viste o de la apariencia de Laura. 

La adolescencia es la peor etapa de la vida y “Pariah” es un fiel reflejo de aquella realidad; nadie parece entenderte ni aceptarte cómo eres, todo lo que haces o dices se cuestiona o se observa con lupa y el momento en el que todo pareciera comenzar a ser algo más soportable se siente muy lejano. A pesar de eso, la película igual se siente como esperanzadora y tierna a ratos, justo lo que uno más necesita en aquella época.

 


El trauma puede manifestarse de distintas maneras y un mismo suceso marcó a Neil McCormick (Joseph Gordon-Levitt) y a Brian Lackey (Brady Corbet) de formas muy distintas. Mientras que Neil se convierte en un adolescente rebelde, arriesgado y sexualizado, Brian pasó a creer que lo que les había pasado se trataba de una abducción extraterrestre sin mayor explicación.

La realidad es mucho más cruda y “Mysterious Skin (2004)” no esconde ningún detalle sobre el abuso del que ambos protagonistas fueron víctimas y de las consecuencias que eso dejó en sus vidas, por que también la convierte en una de esas películas muy buenas que nunca más volveré a ver.

 

El código Hays le hizo mucho daño al cine estadounidense, pero al menos algunas películas lograron salvarse de la censura total, como lo fue el caso de “Morocco”, dirigida por Josef von Sternberg; si bien, el código se instauró oficialmente en 1934, ya desde 1930 algunas películas habían comenzado a ser censuradas de manera gradual y hasta la misma Marlene Dietrich tuvo que pelear para que ciertas escenas no fueran eliminadas, incluyendo la ya famosa escena en donde su personaje besa a otra mujer.

“Morocco” cuenta la historia de Amy Jolly (Marlene Dietrich), una exitosa cantante que brilla en Marruecos y que debe elegir entre dos hombres: Tom Brown (Gary Cooper), un soldado mujeriego y Monsieur La Bessière (Adolphe Menjou), un millonario que la quiere de verdad. La decisión no es muy difícil, pero el final original del libro en el que la película está basada era un final mucho más trágico y nada se pudo hacer contra el final más romántico que los productores exigían.

A pesar de las intervenciones, “Morocco” se mantiene a flote gracias y, solamente, a la actuación de Marlene Dietrich; todo lo que se dice de su carisma, de su presencia escénica, de su carisma, de su mirada y de su sonrisa es verdad. Nada mal para mi primera película de Marlene.

 

Si la vida para una mujer en los años '20 ya era difícil, la vida de Victoria Grant (Julie Andrews) tenía una dificultad más al no poder encontrar trabajo como soprano en ninguna parte y al no tener ni siquiera para comer. Cierto día, Victoria conoce a Toddy (Robert Preston), un cantante que ha sido despedido del último local en donde ella había probado suerte; tras una confrontación con el novio de Toddy, a él se le ocurre que Victoria podría presentarse como Victor Grazinski, un conde polaco que se disfraza de mujer durante sus shows.

A pesar de los miedos iniciales, el éxito de Victor/Victoria es inmediato y la cantante por fin consigue el trabajo de sus sueños; Victoria también conoce a King Marchand (James Garner), un gánster que comienza a dudar de su sexualidad cuando se siente atraído por el hombre que actúa como mujer que en realidad es una mujer actuando como un hombre; siguiendo esa lógica, “Victor/Victoria” tiene momentos graciosos, adorables y reveladores, como por ejemplo, la pelea entre Victoria y el ex novio de Toddy, la relación entre ambos y la conversación entre Victor y King.

King se siente en conflicto, claramente, por culpa de los estereotipos de siempre; él piensa que ser un hombre es ser fuerte, rudo, valiente y varonil, pero Victor lo saca de su burbuja cuando le explica que ambos son dos tipos diferentes de hombre y que la única diferencia es que él no necesita justificarse con nadie, ni siquiera con sí mismo. “Victor/Victoria” es una película de los años '80, ambientada en los años '20, siendo originalmente una película de los años '30, pero es muy moderna en todos sus aspectos; cuestiona los roles de género, trata con mucho cariño a sus personajes principales sin nunca juzgarlos y acepta que hay personas que todavía tienen mucho que aprender, cosas aplicables incluso para esta época.

 

La historia de “Princess Cyd” se trata de Cyd Loughlin (Jessie Pinnick), una adolescente que pasa un verano en Chicago junto a su tía materna, Miranda Ruth (Rebecca Spence); Miranda debe ser la tía más bacán del planeta (aunque ella no lo crea), porque es una exitosa escritora que, además de escribir, se dedica a dar conferencias acerca de sus libros o a organizar fiestas en su soñada casa, donde sus invitados hablan de libros o de la vida y disfrutan de rica comida y ricos tragos. La vida.

Cyd llega a conocer el mundo en el que vive Miranda, ya que un trágico incidente las había separado desde la infancia de la protagonista. A diferencia de su tía, Cyd no lee y no le interesa sentarse a leer ninguno de los que Miranda le deja en su nueva pieza; a ella le cuesta entender ese detalle de Cyd, así como también a Cyd le cuesta entender cómo es que su tía no tiene una vida social más activa. A medida que el verano avanza, ambas comienzan a conocerse mejor y Cyd también conoce a Katie (Ro White), una barista con quien empieza una especie de tierna relación.

Películas como “Princess Cyd” deberían existir a cada momento, deberían estrenarse cada seis meses y deberían explorar las relaciones entre mujeres de la misma manera tan adorable y curiosa como pasa en esta historia; siento que, sobre todo ahora, necesitamos más películas sencillas, independientes y sinceras, que logren emocionar con una simple escena en una cocina (quizás una de mis favoritas) o con una revelación necesaria casi al final. Ya no quiero ver tanta historia artificial.

 

El estereotipo de la mammy durante los comienzos del cine estadounidense dañó demasiado la imagen de las mujeres afroamericanas y de las actrices que las interpretaban; mientras estudiaba ese concepto, Cheryl (Cheryl Dunye) se topa con la existencia de una actriz llamada Fae Richards (Lisa Marie Bronson), quien hizo de mammy varias veces y a quien Cheryl considera una de las mujeres más hermosas de la pantalla grande.

Por culpa del contexto histórico de Estados Unidos, por supuesto que no hay mucha información disponible sobre Fae, ya que las actrices de color sólo eran relegadas a papeles menores y la fama no las acompañaba toda la vida; Cheryl se obsesiona con Fae y con la idea de encontrarla, por lo que comienza a investigar todo lo que puede sobre el cine de aquella época. Al mismo tiempo, su obsesión complica la relación con su mejor amiga, Tamara (Valarie Walker), y con su nueva novia, Diana (Guinevere Turner).

Contada a modo de semi documental, “The Watermelon Woman” es una de las historias más interesantes que he visto, ya que no sólo aprendí sobre esta película de culto, sino que también aprendí más sobre las primeras actrices negras y la mala suerte que tuvieron con sus carreras; el tema es digno de una tesis y obvio que también de una película como esta. Entiendo tanto la obsesión de Cheryl que hasta me pondría a investigar sobre las primeras actrices latinas en Hollywood y el estereotipo de la spicy latina que tanto mal nos ha hecho también.

 

Desde el comienzo de “The Lovely Bones”, sabemos que el personaje de Susie Salmon (Saoirse Ronan) fue asesinada por su vecino, George Harvey (Stanley Tucci). Es ella quien nos cuenta cómo pasó, dónde sucedió y todo lo que se desarrolla después de su muerte; habiendo pocas pistas, su padre, Jack (Mark Wahlberg), se obsesiona con el caso, mientras que su madre, Abigail (Rachel Weisz) sólo quiere superar la situación. Mientras la familia sufre, George sigue disfrutando de su libertad como si nada hubiera pasado.

La historia principal es triste, cruda e injusta, pero la película evita varios momentos de violencia que sí aparecen en el libro, por lo que el contexto se vuelve algo más soportable de ver. De todos modos, estoy decidida a leer el libro apenas pueda, porque no hay adaptación digna de la versión original.

 

Josh Baskin (David Moscow) es un niño de trece años que, harto de ser pequeño, pide el deseo de ser grande a una máquina de juegos durante un carnaval. Al día siguente, Josh despierta como un adulto (Tom Hanks), perdido y sin saber qué hacer; sus padres creen que fue secuestrado y sólo su mejor amigo, Billy (Jared Rushton), puede ayudarlo. Con el tiempo, Josh consigue trabajo en una juguetería, en donde conoce a Susan Lawrence (Elizabeth Perkins), una ejecutiva que quiere ascender en la empresa.

Entiendo la nostalgia por las películas ochenteras o por esas historias que ya no se hacen, pero, ¿a nadie se le ocurrió que sería inapropiado juntar a un niño con una adulta? ¿Quién aprobó esto?
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