365mm Vol. 2

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Hay cosas en el mundo del cine que nunca dejarán de sorprenderme y el hecho de que George Miller haya dirigido una película sobre un chanchito es una de ellas, tan sorprendente como lo de “Happy Feet”, pero una de las mejores cosas que un director puede ofrecer es versatilidad.

“Babe: Pig in the City” es la secuela de “Babe”, estrenada en 1995, la cual fue un éxito, pero que Miller no dirigió; ahora había que aprovechar el éxito y estrenar una segunda: lo fome es que la secuela fue un fracaso en la taquilla y me cuesta entender por qué cuando la película es tan entretenida como graciosa. “Babe: Pig in the City” cuenta las aventuras de Babe luego del accidente que lo obliga a él y a Esme Cordelia Hoggett (Magda Szubanski) a salvar la granja; Arthur (James Cromwell) es quien sufre el accidente y no puede trabajar, por lo que corren el riesgo de perder la granja. Babe y Esme viajan a la ciudad para conseguir algo de dinero, aprovechando la reciente fama de Babe, pero allí se dan cuenta de que todo es diferente, que las personas no son amables y que las ratas cantan cada vez que sucede algo.

Las aventuras de Babe en la ciudad terminan siendo confusas y crueles y, a pesar de que también conoce a varios animales tan tiernos como él, la película no es para nada una película para niños. “Babe: Pig in the City” tiene casi tanta acción como “Mad Max: Fury Road” y me sorprendería que fuese peor película que su predecesora. 

 

No era la intención ver una película de Navidad justamente en Navidad, pero tampoco podía pasar otro año sin haber visto una película que debí haber visto en la infancia. Al ser una película tan conocida, pensé que sabía todo sobre “How the Grinch Stole Christmas”, pero varias partes de la trama se me hicieron una completamente novedad.

La película se basa en el clásico personaje del Grinch (Jim Carrey) y el cuento de cómo roba la Navidad, ya que él es una criatura que no soporta al pueblo de Whoville ni sus tradiciones debido a lo que le hicieron cuando era pequeño; no sabía que todo ese plan era parte de la venganza del Grinch, pero sí sabía que Cindy Lou Who (Taylor Momsen) ayuda a ablandar su frío corazón. Mientras Anthony Hopkins relata todo en verso, la película también se asegura de recordarnos que lo importante no son los regalos, ya que toda Whoville había caído en el consumismo extremo.

Mientras veía la película pensaba en esa frase de que el Grinch no odiaba la Navidad, sino que odiaba a las personas, pero me quedé con la impresión de que él también odiaba esta fecha. O quizás solo soy yo proyectando alguna cosa.

 


La vibra de Berlín en los ’70 y en los ’80 siempre me ha parecido una vibra oscura, fría y triste, muy Talcahuano, como diría una amiga. “Christiane F.” adopta muy bien esa vibra en su cinematografía, precisamente, porque la película se grabó durante aquellos años y porque muestra una realidad de la juventud de la época. Dirigida por Uli Edel, la película cuenta de la historia de Christiane (Natja Brunckhorst), una adolescente de trece años que se involucra en la escena de las drogas y la prostitución.

Christiane vive con su madre, tiene pocos amigos, ama a David Bowie y sueña con entrar a Sound, una disco en donde tocan toda la música que a ella le gusta, lo que me trajo recuerdos de mis deseos adolescentes de ir a Máscara o a Blondie. Cuando Christiane por consigue entrar a Sound, conoce a Detlev (Thomas Haustein), un adolescente que le presenta el uso de las drogas; Detlev también está metido en la prostitución y, es de esa manera, que consigue el dinero para seguir drogándose. Christiane se enamora de él y conoce la dura realidad de otros adolescentes como Detlev: adicciones, abuso, abandono e inseguridad.

Si “Christiane F.” es un relato crudo y realista es porque se basó en la autobiografía de Christiane Felscherinow, actriz y música alemana, y también porque las grabaciones se realizaron con actores inexpertos y las locaciones eran las verdaderas locaciones de la autobiografía: la disco y las estaciones de metro en donde se muestra a los adolescentes y adultos adictos eran reales, así como también los extras en aquellas locaciones. Es increíble que los protagonistas también hayan sido debutantes, porque todo lo que tuvieron que retratar es demasiado exigente incluso para actores con harta experiencia.

Lo mejor: el cameo de David Bowie; aunque sean unos tres minutos, su presencia es eterna.

 

Siempre temo cuando se trata de películas de Ingmar Bergman, porque me parece de esos directores que hace películas eternas y experimentales que los cinéfilos fingen amar; me pasó con “The Seventh Seal”, por ejemplo, y casi ni la veo por completo, pero sabiendo que “Autumm Sonata” se trataba de una relación entre madre e hija, tenía más fe esta vez.

“Autumm Sonata” se centra en la historia de Charlotte (Ingrid Bergman) y Eva (Liv Ullman), madre e hija que no se han visto en siete años. Charlotte es una famosa pianista clásica que sacrificó varios momentos de la maternidad de sus hijas, Eva y Helena (Lena Nyman), a cambio de su reconocida carrera; ambas crecieron, pero las heridas que dejó ese abandono las marcó para siempre. Eva se casó y perdió un pequeño hijo, mientras que una enfermedad dejó a Helena paralítica.

Cuando Charlotte aparece en la casa de Eva, luego de siete años sin verse, las emociones primero son de alegría y nostalgia, pero, cuando llega la noche, ambas empiezan a sacar los trapitos al sol; la infancia feliz que Charlotte creía que sus hijas habían tenido queda expuesta como lo contrario con cada reproche justificado de Eva. El conflicto se da en un solo oscuro escenario y entre diálogos perfectamente actuados que sacan a relucir todos los roces entre madre e hija que son difíciles de afrontar, pero fáciles de entender. “Autumm Sonata” me llegó hasta el alma y cualquier duda que tenía sobre Bergman desapareció a los diez minutos. Por ahora.

 

No más mini maratones de directores, porque me di cuenta de que llegamos a diciembre y se me están acabando los días de este desafío, así que es mejor apurarse con otras pendientes más urgentes que me quedan en la lista. Una de ellas era “Roma città aperta”, película dirigida por Roberto Rossellini y considerada como una de las más importantes del neorrealismo italiano.

La película gira en torno a los últimos días de la ocupación nazi en Roma durante 1944, centrándose en la experiencia de ciertos personajes que actuaban activamente en contra de los antifascistas. Los principales serían Francesco (Francesco Grandjacque) y Manfredi (Marcello Pagliero), quienes son parte de la Resistencia, además del cura Pietro (Aldo Fabrizi), un padre católico que ayuda a entregar dinero, mensajes o refugio. El día en que Francesco va a casarse con Pina (Anna Magnani), los nazis rodean el edificio en donde viven, por lo que los protagonistas se ven obligados a escapar como puedan.

Desde aquel momento, “Roma città aperta” se convierte en una película cruda, abrumadora y realista, tan realista que todavía pueden observarse construcciones destruidas tras los ataques alemanes, ya que la película comenzó a grabarse apenas dos meses después de que la ocupación nazi se retirara; se retrata muy bien la tristeza y la desesperanza que había en el aire, así como también la pobreza que la ocupación dejó y la crueldad con la que el pueblo fue tratado, ya que sabemos que los nazi no sentían compasión por nadie, ni siquiera por embarazadas, enfermos o niños.

“Roma città aperta” parece casi un documental de guerra.

 

Para la última parte de la mini maratón de Agnès Varda, la escogida fue “Jane B. par Agnès V.”, película de 1988 que retrata un año en la vida de la actriz y cantante Jane Birkin, ídola de los años ’60; la película es una especie de documental que mezcla viñetas de actuación, llenas de expresionismo y creatividad, junto con conversaciones a la cámara entre Jane y Agnès.

La idea surgió luego de que Jane viera “Sans toit ni loi” y le escribiera a Agnès; se juntaron en una plaza y Jane le confesó que estaba muy nerviosa con la idea de cumplir cuarenta años, pero Agnès la convenció de que era la edad perfecta para filmar un retrato de su vida. Es así como Jane nos cuenta sobre su infancia, su llegada a Francia y sus tres hijas, además de dejarnos conocer la verdadera personalidad tras el ícono: una mujer tímida y tierna que soñaba con ser una famosa desconocida y que prefería la tranquilidad de su patio que el glamour de una alfombra roja.

“Jane B. par Agnès V.” es un retrato sincero, emotivo y divertido, uno que me sirvió también para ver más allá de quien es, para mí, la mujer más hermosa del mundo.

 

El cuerpo de una joven aparece en los campos del sur de Francia; la policía comienza a investigar, pero al no poder identificarla, comienzan a preguntar a los habitantes de la región. A través de los varios relatos a modo de semi documental y del desarrollo de la historia, “Sans toit ni loi” nos presenta a Mona Bergeron (Sandrine Bonnaire), una joven que viajaba de lugar en lugar sin mayor rumbo por el mundo.

Agnès Varda retrata a Mona como una joven terca, extremadamente independiente y amante de su libertad; Mona va de lugar en lugar haciendo dedo, durmiendo bajo cualquier techo disponible y conociendo a varios personajes que cuestionan su modo de vivir. A ella no le importan las opiniones de los demás, a ella solo le importa hacer las cosas a su manera. A pesar de que algunas personas la tratan bien, como la pareja de agricultores, la profesora experta en árboles, la empleada de la mansión o el podadero tunecino, Mona también pasa por situaciones peligrosas y es la misma libertad que tanto aprecia la que también la lleva a su triste final.

“Sans toit ni loi” tiene una extraña mezcla de ser una película tan triste como esperanzadora, mostrando un contraste entre la libertad y la soledad del personaje principal, quien no pasa más de tres días en ningún lugar, pero que deja un recuerdo en cada persona que nos habla de ella.

 


La segunda elegida para esta mini maratón de Agnès Varda es “Le Bonheur”, película estrenada diez años después de su debut como directora. “Le Bonheur” retrata una historia de infidelidad de la manera estética más hermosa posible, muy digna del estilo de la nouvelle vague.

El protagonista es François Chevalier (Jean-Claude Drouot), un joven que vive feliz junto a su esposa Thérèse (Claire Drouot) y sus dos pequeños hijos, Gisou y Pierrot; estos tres últimos eran la verdadera esposa y los verdaderos hijos de Jean-Claude Drouot y su participación en esta película significó su única participación en el cine. El personaje de François no tiene ninguna razón para traicionar a su esposa ni traer problemas a sus vidas, pero de un día para otro François conoce a Émilie Savignac (Marie-France Boyer) y comienza una relación con ella. A ella tampoco parece importarle mucho que François esté casado y ambos continúan su romance cada tarde en el departamento de Émilie.

Entre varios planos hermosos que parecen sacados de las más hermosas pinturas y diálogos románticos e idealistas, la infidelidad nunca se había visto tan hermosa y apasionada; François tiene respuesta y explicación para todo, pero más que su posición frente al tema, siempre me ha llamado la atención que no sea algo tan grave para los franceses en general. ¿O quizás sea algo que solo retratan en sus películas? Bueno, siempre me ha parecido interesante y con “Le Bonheur” todavía más, porque siempre es atrayente ver aquel tema siendo retratado a través de la visión de una mujer.

 


Nueva mini maratón de directores y ahora es el turno de Agnès Varda; partí con su primera película, “La Pointe Courte”, película que también ha sido descrita como la primera de la nouvelle vague y por supuesto que concuerdo. Todo comenzó cuando Agnès viajó hasta el pueblo de Sète, en el sur de Francia, para tomar fotografías para una amiga que ya no podía viajar a su ciudad natal; después de ver las fotografías, Agnès decidió volver para grabar la historia de un matrimonio entre las varias historias de los habitantes del pueblo.

Silvia Monfort y Philippe Noiret son los protagonistas de la película, interpretando a personajes sin nombre que recorren el lugar mientras discuten sobre el futuro de su matrimonio; ella quiere separarse, pero él no. Al mismo tiempo, “La Pointe Courte” muestra los diálogos y las historias de otros personajes, como los pescadores, las amas de casa, los vecinos del protagonista, los niños que juegan todo el día o la adolescente que está enamorada; todo se siente muy original y real, porque, a excepción de los dos protagonistas, el resto del elenco se trata de habitantes comunes y corrientes de Sète, que ayudaron a Agnès a grabar esta película, porque a la directora le dieron un presupuesto demasiado injusto. Puedo imaginar por qué.

La película, por suerte, funcionó y rindió frutos, convirtiéndose en la primera exponente de la nouvelle vague, destacando esos elementos propios del movimiento, como la cámara manual, improvisaciones, personajes más realistas, autorreflexiones, entre otros. Si bien “La Pointe Courte” no se convirtió en una de mis historias favoritas, sí hay que reconocer todo el mérito que conlleva y las puertas que abrió para muchas otras directoras.

 

Para terminar esta mini maratón de Pedro Almodóvar, decidí elegir “Julieta”, película que también marca el retorno del director a las historias con mujeres protagonistas desde “Volver”. La historia se trata de Julieta Arcos, una profesora que pasa por varios momentos tan importantes que algunos de ellos siguen marcando su vida incluso en la adultez.

La película revisa la vida de Julieta desde 1985 hasta 2015. A modo de flashbacks, aprendemos que Julieta comienza una relación con Xoan (Daniel Grao) luego de que ambos se conocieran en un viaje en tren. Se casan luego de que Xoan enviudara y tienen una hija, Antía (Priscilla Delgado), pero el paso del tiempo les trae más problemas que felicidad. Luego de una tragedia, Julieta y Antía se van a vivir a Madrid, pero la vida de la protagonista vuelve a complicarse cuando su hija asiste a un retiro y le pide completa distancia.

Durante toda su continuidad, “Julieta” trata los temas del abandono, de la soledad, de la depresión y del desamor con una sensibilidad perfecta, tal y como lo hubiese esperado de Pedro Almodóvar, quien debe ser uno de los directores que mejor entiende a las mujeres. Disfruto mucho de las películas en donde los hombres son protagonistas, pero siempre amaré aquellas en donde las mujeres destacan y, si fuese por mí, Almodóvar debería quedarse siempre en ese género.

No podía creerlo cuando “Julieta” había llegado a su fin; podría ver cinco horas más de su historia.

 

Moviendo la maratón de Almodóvar a los 00s, continúo con “La Mala Educación”, historia que retrata momentos de una infancia marcada por las enseñanzas durante la dictadura de Franco y las consecuencias que sufren dos mejores amigos. Ignacio Rodríguez (Gael García Bernal) y Enrique Goded (Fele Martínez) fueron muy unidos mientras crecían en un colegio de curas, pero sus vidas se alejan durante mucho tiempo hasta que Ignacio, ahora actor, aparece en la oficina de Enrique, ahora director, entregándole un guion que ha escrito.

“La visita” se trata, justamente, de dos amigos que asisten a un colegio de curas y es una historia que no esconde nada, ni los abusos sufridos por uno de ellos a manos del cura director pedófilo ni la historia de venganza en su vida adulta. El guion es tan intrigante que Enrique decide convertirlo en su nueva película, pero el guion de Almodóvar da varias vueltas hasta llevarnos a la verdad más oculta y no son de esas vueltas que hacen que una película se vuelva aburrida o tediosa, sino que son vueltas que demuestran lo complejo y arriesgado que Almodóvar también se puede atrever a ser.

Confieso que, al principio, me vi un poco confundida entre las tres historias, pero lo bueno es que la misma película luego explica todo y no se toma tanto tiempo en hacerlo. El otro mérito de “La Mala Educación” recae en las actuaciones; Gael García Bernal interpreta a tres personajes y lo hace con un acento español demasiado creíble mientras que, hasta los personajes más pequeños logran gran presencia en la pantalla. Quizás sea la película más cruda de Almodóvar y también una de las que pase a mi top cinco.

 

“La ley del deseo” es otra de las películas de Pedro Almodóvar que gira en torno a la obsesión. Pablo Quintero (Eusebio Poncela) es un famoso director de cine y de teatro, obsesionado con su carrera; Tina (Carmen Maura) es su hermana, quien está obsesionada con ella misma de la mejor manera posible y Antonio (Antonio Banderas) es un fanático de Pablo que está obsesionado con él de la peor manera posible.

Pablo acaba de estrenar su última película, “El paradigma del mejillón”, y ya está pensando en su próximo trabajo: un monólogo teatral sobre la vida de Tina; ella es una mujer trans y no quiere ni que su vida ni que sus experiencias con los hombres sean usadas para dejarla en ridículo. Al mismo tiempo, la obsesión de Antonio por Pablo crece tanto que el tipo sigue al director a todas partes, se involucra con él y se empeña a sacar a su novio, Juan (Miguel Molina), de la vida del director.

El desarrollo de “La ley del deseo” es un poco aburrido, pero tanto el comienzo como el final compensan el resto. Al igual que el resto de las películas de Almodóvar, esta también tiene personajes muy buenos: Tina debe ser la más interesante de todos y Antonio está casi al mismo nivel de psicópata del que estaba Ricky en “Átame” (curiosamente, interpretados por el mismo actor). La película muestra lo negativo y lo positivo de la obsesión de cada personaje, incluyendo las consecuencias de obsesionarse con la religión o con una locación para una grabación.

 

Empezando una nueva mini maratón de directores, el elegido ahora es Pedro Almodóvar. Su quinta película, “Matador”, debe ser una de sus películas más cachondas, como dicen en España, quizás al nivel de “Átame”. La historia se trata de Ángel (Antonio Banderas), un aspirante a torero tímido e inexperto, quien comete un crimen y se acredita varias más, y nadie entiende por qué.

Ángel es estudiante de Diego (Nacho Martínez), un torero profesional que debió retirarse debido a una lesión. El mismo día en que Diego le pregunta a Ángel si es virgen y si le gustan las mujeres, a Ángel no le ocurre nada mejor que demostrárselo violando a Eva (Eva Cobo), su vecina y, al mismo tiempo, novia de Diego. Cuando Ángel confiesa el crimen, le asignan a la abogada María Cardenal (Assumpta Serna), una mujer que está obsesionada con la carrera de Diego.

“Matador” gira alrededor de la obsesión por la muerte, la presencia del morbo y hasta del hedonismo, presentando también personajes tan increíbles como el de María o tan entrañables como el de Pilar (Chus Lampreave), la madre de Eva, que se mete en todo lo que hace su hija. Siempre me ha gustado que Almodóvar no juzgue a sus personajes y solo los deje ser para que nosotros después formemos nuestra propia opinión; los personajes corren libremente en una historia que también se deja llevar. Pedro Almodóvar dijo que "Matador" era una de sus películas más débiles, pero me temo que tendré que contradecirlo.

 

Para terminar con esta mini maratón de Cassavetes, la escogida fue “Love Streams”, su penúltima película y la última que hizo con Gena Rowlands, y también la película que Lucrecia Martel considera que todo el mundo debería tener en su colección. “Love Streams” se trata de la historia de dos hermanos que se reúnen después de años sin verse mientras se las arreglan con distintos, pero parecidos problemas.

Por una parte, tenemos a Robert Harmon (John Cassavetes), un escritor mujeriego y fiestero, incapaz de asumir ninguna responsabilidad afectiva; su rutina espontánea se ve interrumpida cuando su ex esposa aparece en la puerta pidiéndole que cuide a su pequeño hijo, Albie, a quien Robert no había visto desde su nacimiento. Robert no tiene idea de ni cómo hablarle a su hijo, por lo que todos sus intentos son un desastre. Y por la otra parte, tenemos a Sarah Lawson (Gena Rowlands), quien está pasando por un complicado divorcio, el cual incluye una pelea por la custodia de su hija; Sarah no es la mejor cuando se trata de manejar las emociones, por lo que también aparece en la casa de su hermano tratando de lidiar con la situación.

Ni Robert ni Sarah saben cómo hacerse cargo de ellos mismos ni tampoco de sus responsabilidades; no tienen conexión con sus hijos ni aceptan las consecuencias de sus actos y creen que, con algún gesto superficial, las cosas se solucionan. Durante la primera hora de película, “Love Streams” muestra a los hermanos viviendo por separado, pareciendo casi extraños, pero cuando finalmente se reúnen, pareciera que son la misma persona viviendo en distintos cuerpos y la historia comienza a tener sentido. Ambos son insoportables, pero saben quererse a su manera.

De las cuatro películas que vi en esta mini maratón, “Love Streams” debe ser mi segunda en la lista de favoritas.

 

Una serie de reportajes sobre la corrupción y el abuso hacia los trabajadores de los muelles neoyorkinos sirvió de inspiración para la trama de “On the Waterfront”, película dirigida por Elia Kazan y considerada otro de los clásicos más del cine estadounidense. La trama se centra en el abuso que la clase trabajadora debe enfrentar en su trabajo en los muelles, ya que el lugar ha sido tomado por la mafia, cuyos líderes extorsionan y amenazan a los trabajadores y pasan a llevar todos sus derechos laborales.

Luego de la muerte de Joey Doyle, la tensión crece entre obreros y jefes y Terry Malloy (Marlon Brandon) se ve en medio de los conflictos. Terry había sido una promesa del boxeo, pero se vio obligado a trabajar en los muelles y trabajar para los mafiosos debido al mal negocio de las apuestas que hacía su hermano; Terry solo hace lo que le dicen, pero también sufre de un silencioso conflicto interno, sobre todo cuando se enamora de Edie (Eva Marie Sant en un increíble debut cinematográfico), la hermana menor de Joey. Ella es una joven inocente e ingenua, que creció y se educó lejos de la violencia de los muelles, pero que está dispuesta a llegar a la verdad sobre la muerte de su hermano.

Mientras ellos se involucran, también podemos ver la realidad del lugar gracias al resto de los personajes: la crueldad de los jefes, la resignación y el miedo de algunos trabajadores en contraste al cansancio de otros, la pobreza, la corrupción, todo un contexto retratado de aquella manera realista y cruda en que Elia Kazan lo hacía. Las actuaciones también son excelentes, sobre todo las de ambos protagonistas, y la vibra de película es de tanta desolación como de un brillo de esperanza hacia el final.

A pesar de que me han gustado mucho más otros clásicos, de todas maneras, disfruté mucho “On the Waterfront”.

 

Después de los eventos del día, se necesita de una buena distracción para pasar el trago amargo y qué mejor distracción que una película; el humor de los hermanos Coen nunca falla, así que la elegida del día fue “O Brother, Where Art Thou?”, película que retrata una parte del sur gringo y racista de los años ’30 y cuya historia está basada, a medias, en “La Odisea”, obra escrita por Homero. A medias, porque los hermanos Coen admitieron que nunca han leído ese clásico y que solo se guiaron con otras adaptaciones que habían visto o con lo que se sabe de la obra a modo de cultura general. Curioso que a los hombres siempre se les perdone detalles así.

“O Brother, Where Art Thou?” se centra en la aventura de tres convictos que escapan de la cárcel en busca de un preciado tesoro escondido; Everett (George Clooney), Pete (John Turturro) y Delmar (Tim Blake Nelson) recorren el sur de su país y conocen a varios personajes, desde el músico que le vendió su alma al diablo (Chris Thomas King), pasando por el policía tuerto que los persigue (John Goodman) y quien representa una versión del cíclope Polifemo, hasta un candidato a gobernador (Wayne Duvall) conocido por ser el líder del Ku Klux Klan. El trío también pasa por varios problemas, como el encuentro con las sirenas que los encantan con sus voces o el reencuentro con una versión de Penélope (Holly Hunter) que, en esta oportunidad, no se queda esperando a que Everett regrese de sus viajes.

Gracias al humor negro y, a la banda sonora, “O Brother, Where Art Thou?” me pareció una de las películas más entretenidas que he visto de los Coen y que he visto en el último tiempo también; la mezcla de la ignorancia gringa junto con las situaciones ridículas que se presentan funciona perfecto en una película que se desarrolla en aquel contexto y lugar de la historia estadounidense. Quería olvidarme un poquito de las votaciones de hoy, pero fue inevitable recordarlas con las escenas del Klan; solo espero que podamos hacer lo mismo que el trío hace con ellos en este país también.

 

Conocida como ser la producción más grande Hollywood, hasta el estreno de “Titanic”, la versión de Cleopatra dirigida por Joseph L. Mankiewicz también fue un dolor de cabeza para varios de los involucrados: múltiples revisiones al guión, problemas de salud que sufría la protagonista, cambios de director, escándalos amorosos y grabaciones que se extendieron más allá del tiempo previsto, pero imagino que todo valió la pena, porque finalmente pudieron estrenar la mayor producción hasta aquella fecha.

“Cleopatra” se centra en una parte de la vida de la reina egipcia, enfocándose, mayoritariamente, en su relación tanto con Julio César (Rex Harrison) como con Marco Antonio (Richard Burton); Cleopatra (Elizabeth Taylor) es retratada como una mujer determinada, decidida, ambiciosa y fuerte, dispuesta siempre a conseguir todo lo que desea. Se involucra con Julio César para mantener su título de reina de Egipto y tiene un hijo con él, pensando que el heredero también podría ser el heredero de Roma; luego de que Julio César fuese traicionado y asesinado, Cleopatra no teme en involucrarse con Marco Antonio, a pesar de que aquella relación pudiese causar una guerra entre Roma y Egipto.

La historia no es nada nueva para lo que ya se sabe de aquellos personajes históricos, por lo que la producción es el verdadero encanto detrás de “Cleopatra”; las escenas de la entrada de la reina a Roma, el asesinato de Julio César o la guerra marítima son increíbles e hipnotizantes y logran que las cuatro horas de duración se sientan como cuatro horas bien invertidas. Debido a esta larga duración, la película incluye dos intermedios, pero yo recomendaría tomar “Cleopatra” como una cinta de dos partes, como fue concebida inicialmente, divididas por el romance de la reina con cada romano; verlas con intervalo de tiempo mayor a media hora hace que la película no se sienta eterna.

 

Cuando fui a ver el reestreno de “Jaws”, mostraron el tráiler de “The Long Walk” y no le encontré sentido en un principio; después me enteré de que la película estaba basada en un libro de Stephen King del año 1979 y las cosas empezaron a tener un poco más de sentido. El libro cuenta la historia de un grupo de cincuenta adolescentes que, viviendo en una versión distópica de Estados Unidos, compiten en una extensa caminata con tal de ganar un premio millonario; está prohibido detenerse, bajar el ritmo, dormir y hacer sus necesidades o los militares apuntarán y dispararán sin escrúpulo alguno. El juego es extremo y violento y solo uno de los competidores debe permanecer vivo para que la competencia termine.

Se había intentando adaptar el libro a la pantalla grande antes, pero recién este año se logró; “The Long Walk”, la película, es dirigida por Francis Lawrence, director idóneo, ya que también estuvo a cargo de otras películas distópicas sobre adolescentes y sobrevivencia, como la saga de “The Hunger Games”, por ejemplo. Protagonizada por Cooper Hoffman y David Jonsson, la película solo se toma un par de libertades en cuanto al libro; el cambio sobre el final puedo entenderlo, pero borrar las dudas sobre la sexualidad del personaje principal como si todavía existiera el código Hays, me pareció una decisión medio extraña. Un detalle que podría ser más criticable es que el personaje de Pete (David Jonsson) es una especie de aquel cliché del personaje afroamericano mágico/sabio, que solo existe en la trama para ayudar o guiar al protagonista.

De todos modos, “The Long Walk” convence muy bien con las razones del por qué existe una competencia como aquella eterna caminata, desarrolla muy bien la idea de la hiper masculinidad y del patriotismo relacionada a regímenes autoritarios y le alcanza el tiempo para desarrollar a los personajes; podría ser aburrido ver a los personajes siempre en el mismo contexto, pero “The Long Walk” no cae en esa trampa, ya que siempre está pasando algo y los diálogos son lo suficientemente buenos como para mantener la atención. A veces es cruda, pero nunca aburrida.

Me gustó mucho este universo alternativo de Lo Vásquez; con mi suerte, habría sido el niño que se quiebra la pata.

 

Las adaptaciones de obras literarias o de obras teatrales a la pantalla grande no siempre son del gusto de los autores y “Cat on a Hot Tin Roof” es un ejemplo de eso; Tennessee Williams, autor de la obra, nunca se quedó piola respecto a lo que pensaba sobre la adaptación de Richard Brooks, pero el único error cometido por Hollywood fue caer bajo las redes del código Hays; por culpa de sus reglas, uno de los temas centrales de “Cat on a Hot Tin Roof”, la homosexualidad de uno de sus protagonistas, fue completamente removido de la trama y la historia tuvo que ingeniárselas de otra forma para crear un conflicto.

Mientras que, en la obra teatral, Brick (Paul Newman) sabe de la homosexualidad de su ex compañero Skipper y cuestiona su propia sexualidad, la película desarrolla sentimientos de celos hacia Skipper por haberse acercado a Maggie (Elizabeth Taylor), la esposa de Brick; él la acusa de infidelidad, razón por la cual no quiere acostarse con ella. Yeah, right. A pesar de sus problemas maritales, Brick y Maggie llegan a la casa de los padres de Brick para celebrar el cumpleaños de Big Daddy (Burl Ives), un empresario codicioso y frío que odia a todo el mundo, excepto a Maggie. La familia también está en conflicto, porque nadie quiere contarle a Big Daddy sobre su verdadero diagnóstico médico y su hijo mayor, Gooper (Jack Carson), quiere quedarse con toda la herencia, ya que Brick no está en su mejor momento.

Claro, porque Brick es un ex jugador de fútbol americano sufriendo de alcoholismo debido a la culpa que siente tras el suicidio de Skipper y la traición entre él y Maggie. Brick ni siquiera está interesado en la herencia o en la enfermedad de su padre, lo que también preocupa a Maggie; ella viene de una familia pobre y el dinero representa seguridad, pero sin su marido al lado y la envidia de su cuñada por el otro, Maggie siempre está tratando de ganarse a su suegro. “Cat on a Hot Tin Roof” se desarrolla en un solo escenario, la gigante casa familiar, pero hay tanto conflicto que la película nunca pierde el ritmo y nunca deja que ninguno de sus actores pierda importancia; las actuaciones están a la altura y ver esta película es uno de esos momentos en donde entiendes por qué se convirtió en un clásico.

Además, no puedes juntar a Paul Newman y a Elizabeth Taylor, los actores con los ojos más hermosos y penetrantes del cine, y no quedarte pegada mirándolos.

 


La trama de “Simone” gira en torno al director Viktor Taransky (Al Pacino), quien crea una actriz con un programa digital, ya que su carrera está hundida: nadie quiere trabajar con él debido a sus continuos fracasos, su mayor colaboradora lo abandona y ningún estudio quiere arriesgarse a hacer películas que se centren más en historias que en las estrellas. Viktor no se ve con más opción que usar la aplicación que le entrega un fanático para crear a Simone (Rachel Roberts), la actriz perfecta, talentosa y fiel con la que siempre soñó. Desde su primera película, Simone se convierte en un éxito y todo el mundo se obsesiona con ella; Viktor tiene que arreglárselas para que nadie descubra su estafa, pero al mismo tiempo, siempre está pensando en contar la verdad. 

Mientras veía la película, no dejaba de pensar en Tilly Norwood, la actriz creada este año con inteligencia artificial por alguna razón que jamás entenderé; no soporto la inteligencia artificial y no soporto la idea de que aparezca en todas partes, hasta en esas fotos ridículas que todo el mundo sube a redes sociales. El hecho de crear a una actriz suena peligroso, ilegal e innecesario cuando hay tanto talento que ni siquiera ha sido descubierto todavía; en el contexto de “Simone”, nadie se molesta mucho frente a esa problemática y lo ven como algo innovador, llamativo y lucrativo. Quizás se deba a que la película se estrenó en una época donde la tecnología todavía era algo novedoso y queríamos descubrirlo todo, pero estoy segura de que, si se estrenara hoy, causaría mucho más debate.

 

En el cumpleaños de mi actor favorito (que ha estado en la capilla últimamente), decidí por fin ver la última película que me quedaba de su filmografía (theatrical release, como dicen los gringos). Siempre supe sobre la polémica que rodeaba a “Don’s Plum” desde sus inicios: una película que debía ser un corto, una trama que no resultó como se esperaba y una demanda para que la cinta no fuese estrenada en Estados Unidos; era muy difícil encontrarla, no la daban nunca en el cable y no estuvo disponible de verdad en internet hasta hace un par de años.

El resentimiento de Leonardo DiCaprio y de Tobey Maguire hacia “Don’s Plum” es justificado; la película es pésima. La historia sigue a un grupo de amigos que se reúne en su lugar regalón, llamado precisamente Don’s Plum, restaurante en donde hablan de la vida sin tapujos, ni siquiera con las novias/amigas que invitan a la junta. El grupo es insoportable; es como ese grupo del colegio que nunca se quedaba callado, el que creía que eran los más chistosos y que, al final, solo era un grupo de insoportables. Todas sus conversaciones terminan en insultos, en discusiones y en peleas físicas, lo que, a los quince minutos, ya se vuelve aburrido.

La película debía ser un corto y debió haber seguido esa regla, porque la historia se da vueltas en sí misma y se vuelve tediosa; la mayoría de los diálogos fueron improvisados y se nota, porque ni siquiera hubo un esfuerzo en intentar seguir una línea. Las actuaciones principales son todas iguales y no hay ningún personaje que destaque; debió haberse quedado donde estaba no más, no nos perdimos de nada.

 

Una mención a Chile en cualquier película extranjera siempre será bienvenida y, si viene de parte de Robert Mitchum, todavía mejor; ojalá la trama de “Out of the Past” se hubiese desarrollado en Chile, pero la película de por sí es muy perfecta, fiel representante del cine negro, ya que tiene todos los elementos clásicos: una voz en off, un flashback, una femme fatale y un crimen del que se acusa al protagonista.

Jeff Markham (Robert Mitchum) trata de vivir una vida tranquila en un pequeño pueblo de California como Jeff Bailey, el dueño de una gasolinera que también sale con Ann Miller (Virginia Huston), una buena y leal chica a la que todos le aconsejan alejarse de él. La rutina de Jeff va bien hasta que, literalmente del pasado, aparecen Joe Stefanos (Paul Valentine) y Whit Sterling (Kirk Douglas) otra vez en su vida; resulta que Jeff era detective y había quedado pendiente un trabajo para Whit, uno relacionado a Kathie Moffat (Jane Greer), quien le había disparado y robado 40 mil dólares.

Jeff la había encontrado, pero, como Jane Greer es una de las mujeres más hermosas del mundo, fue inevitable para el detective enamorarse de ella. Jeff le cuenta todo a Ann en un flashback como de cuarenta minutos, luego del que la película vuelve al presente, momento en el que Whit le ofrece un nuevo trabajo a Jeff; ahora él debe decidir si resuelve sus problemas del pasado o si deja todo atrás y mira hacia el futuro. No sólo Kathie es difícil de resistir, sino que también lo es Whit; con su parada amable, pero amenazante, su dinero y siendo interpretado por Kirk Douglas, quien apenas era un principiante en aquella época, el personaje pone tanto en conflicto a Jeff como lo hace Kathie. Conflictos diferentes, claro, pero conflictos que lo alejan de su pacífica e inventada vida.

“Out of the Past” me pareció una película casi perfecta; podría vivir sin la subtrama de Eels y Meta, pero la actuación de Jane Greer, como la femme fatale idónea, y la fotografía compensan cualquier otro detalle.

 

Si bien no es una película estrictamente perteneciente al género del film noir, “Dial M for Murder” es considerada como una de las películas de Alfred Hitchcock que podría ser parte del grupo; además del suspenso clásico muy digno del director, la cinta también tiene varios elementos del cine negro, como, por ejemplo, un asesinato, una femme fatale y un detective más astuto de lo que demuestra.

La historia se centra en Tony Wendice (Ray Milland) y sus planes para asesinar a su esposa, Margot (Grace Kelly), ya que ha descubierto la relación entre ella y Mark Halliday (Robert Cummings), un estadounidense escritor de novelas policíacas. Tony nos cuenta, durante casi media hora, su plan de asesinato, que él considera perfecto; consigue la ayuda de un ex compañero de universidad, Charles Swann (Anthony Dawson), pero no hay crimen perfecto y las cosas se complican para ambos cuando Margot sobrevive al ataque. Luego de la explicación del asesinato, “Dial M for Murder” continúa con la explicación de Tony y Margot a la policía para luego seguir con la explicación de la resolución del conflicto.

Mucha explicación y poca acción. Lo que pasa con “Dial M for Murder” me recordó a un video que vi en TikTok, en donde analizaban que las películas y series de hoy en día han bajado la calidad de los diálogos, ya que todos deben ser ultra explicativos, porque la gente no puede soltar sus celulares y mirar otra pantalla; ver “Dial M for Murder” se sintió como ver una película de ese tipo. El aburrimiento es inevitable y la atención sólo se mantiene gracias a las actuaciones y a aquella vibra claustrofóbica de principio a fin.

 


Como última película del mes del terror, escogí la primera película de vampiros grabada en color: “Horror of Dracula”, estrenada en 1958 y retitulada de esa manera para evitar confusiones con la versión de 1931. La película también marcó el comienzo de una serie de películas de terror protagonizadas por Christopher Lee como el conde Drácula, y por Peter Cushing como el doctor Van Helsing; ambos son tan perfectos y correctos en sus papeles que me hicieron desear por una dupla así en el cine actual.

La película se toma varias libertades en cuanto a la historia original, algo entendible si quieres hacer una versión que llame la atención; por ejemplo, Jonathan Harker (John Van Eyssen) viaja al castillo de Drácula para ayudarle con su biblioteca y no con la compra de ninguna propiedad. Su prometida no es Mina, sino que es Lucy (Carol Marsh), quien a su vez es hermana de Arthur Holmwood (Michael Gough). Drácula sólo tiene una novia vampiro en el castillo y no busca a Lucy por amor, sino que por venganza. Las diferencias no afectan en nada a la calidad de la película, ya que es una adaptación mucho más rápida y dinámica que otras; la música también es mucho más tétrica que otras bandas sonoras y la presencia tanto de Lee como de Cushing son impresionantes. Es menos sensual y misteriosa, pero creo que es porque su temática no va por ese lado; es una historia que se concentra más en la venganza y el horror que en un amor que supera siglos de distancia para luego encontrarse.

El terror de las películas antiguas nunca decepciona y “Horror of Dracula” no es la excepción.

 


El único informe policial español que describe sucesos paranormales sirvió de inspiración para Paco Plaza al momento de escribir “Verónica”: el informe describía el caso de una adolescente llamada Estefanía Gutiérrez, quien comenzó a sufrir alucinaciones y convulsiones luego de una sesión espiritista realizada para contactarse con su fallecido novio; el caso terminó en las peores consecuencias, pero nadie pudo explicar bien las cosas raras que también pasaron en la casa de Estefanía.

El director, claro, se tomó algunas libertades y creó la historia de Verónica (Sandra Escacena), una joven que está al cuidado de sus tres hermanos pequeños: Lucía, Irene y Antoñito, ya que la madre (Ana Torrent), trabaja largos turnos en un restaurante luego de la muerte del marido. Es a este padre fallecido a quien Verónica quiere contactar al más allá, por lo que, junto a dos amigas, usan un tablero de ouija mientras todos en el colegio están más pendientes del eclipse de aquel día. Sin querer, las niñas llaman a una presencia desconocida y maligna, quien sigue a Verónica durante los próximos tres días, atemorizando incluso la seguridad de sus hermanos pequeños.

La historia de “Verónica” no se queda solo en eso, ya que también desarrolla los conflictos típicos de la adolescencia y, sobre todo, el trauma y el cansancio que implica el rol de la hermana mayor que debe asumir responsabilidades que no le corresponden; Verónica debe lidiar con el alejamiento de su mejor amiga, su primer período, con el cansancio y la nula libertad tras el cuidado de sus hermanos, todo alrededor de un departamento sombrío y ahora embrujado. Con todo eso sucediendo, se necesitaba una potente protagonista que llevara la película en sus hombros y le achuntaron con Sandra Escacena, quien se luce en su primera película. También me gustó mucho ver a Ana Torrent; aunque su participación parezca un cameo, igual cualquier fanático del terror la apreciaría.

Recuerdo que cuando se estrenó “Verónica”, la publicidad que la rodeó solo la trató de la película más perturbadora de todos los tiempos, de esas películas en donde la gente se desmaya en el cine o de las que no te dejarán dormir en la noche; no hay que creer en la publicidad. “Verónica” es una película perturbadora, pero no más que el trauma de ser la hermana mayor; tiene buenos sustos, si eso es lo que buscan, pero la historia de fondo de la adolescente es mucho más interesante.

 

No soy muy fanática de los remakes, pero hay dos que me gustan mucho: “The Texas Chain Saw Massacre” y “Dawn of the Dead”; me gusta tanto esta última que nunca me había dado el tiempo de ver la versión original de 1978. De hecho, no me doy el tiempo de ver muchas películas de zombies, porque las historias tienden a concentrarse mucho más en los humanos que en los zombies y se entiende, porque al ser criaturas que no hablan o que no piensan, no hay mucho desarrollo que mostrar, pero el ver a un grupo de personas siempre tratando de sobrevivir o tratando de averiguar de dónde salió esta desconocida plaga se me hace medio aburrido, como ver siempre el origen del superhéroe en las películas de Marvel. Hay muy pocas películas de zombies que consiguen hacer algo diferente, pero “Dawn of the Dead” no es una de esas.

La película sigue a un grupo que se esconde en un mall luego del brote de una plaga que transforma a los humanos en una especie de caníbales y los hace alimentarse de otros humanos; el remake siguió la misma historia con la diferencia de que la versión de 2004 se centró en una protagonista y en varios sobrevivientes que lograron entrar al mall, pero la original sólo se centra en cuatro personajes: dos policías, Peter (Ken Foree) y Roger (Scott Reiniger); una ejecutiva de televisión, Francine (Gaylen Ross) y su novio piloto, Stephen (David Emge). Ellos llegan al lugar en el helicóptero de Stephen y, aunque al principio disfrutan de los lujos y diversiones del mall, pronto tienen que enfrentar la amenaza no solo de los zombies, sino que también la de un grupo de saqueadores.

Luego de dos horas de ver solo conversaciones y paseos alrededor del mall, “Dawn of the Dead” por fin tiene un cambio y algo más de movimiento y algo más de zombies al final de la historia; el resto de la película se me hizo muy tediosa y me hizo recordar a películas como “World War Z”, en donde solo hay diálogos, los personajes te explican todo y la amenaza zombie es casi inexistente. Entiendo que quizás se deba a la época o quizás porque sea una de las primeras películas de este género, incluso ni siquiera hay quejas en cuanto al maquillaje de los zombies, es solo que la historia es demasiado aburrida.

 

Parto el mes del terror con una de las regalonas de una amiga con la que siempre decimos que cada persona le teme a algo diferente; así como la comedia es subjetiva, también lo es el terror. Por ejemplo, a mí nunca me dio miedo “The Exorcist”, pero no me hagan ver de nuevo “The Descent”, por favor; “The Ritual” me dejó con una sensación parecida quizás por el encierro, la persecución o el contexto del bosque, pero tiene detalles que pueden inducir el miedo en cualquiera.

La película cuenta la historia de un grupo de amigos que decide irse de vacaciones luego de la muerte de uno de ellos en un trágico asalto; el destino es un trekking por los alrededores de los bosques de Suecia, aunque algunos de los amigos no estaban muy convencidos de ir. Luego de que uno de ellos sufriera una herida en la rodilla, deciden pasar por el bosque a modo de atajo; todos sabemos de la advertencia de no entrar al bosque de noche, pero ellos necesitan llegar rápido hasta el hostal que los espera.

La caminata no es una feliz, ya que los rencores tras el asalto y los sucesos paranormales que empiezan a rodear al grupo empiezan a volverlos a todos locos y desesperados por salir del lugar; ruidos extraños, animales colgados de los árboles, pesadillas y la sombra de una criatura persiguiéndolos es más que suficiente para espantar al más valiente y pareciera ser que, mientras más escapan de lo desconocido, más se acercan al lugar al que nadie nunca debería acercarse. “The Ritual” mantiene hasta el final aquella sensación de persecución, de claustrofobia y de desesperación, gracias tanto a su atmósfera como a la edición del sonido y desde el comienzo con la escena del asalto hasta luego en el desarrollo con las escenas más terribles.

 


He tenido que ver películas aburridas en mi vida y he tenido que ver películas aburridas de Pablo Larraín en mi vida, pero creo que “Post Mortem” debería ganarse un premio; me sorprende la capacidad de tomar una historia interesante y transformarla en un río de manjar que parece no llegar a ninguna parte y que solo se mantenga a flote gracias a una o dos escenas.

“Post Mortem” cuente la historia de Mario Cornejo (Alfredo Castro), un trabajador de la morgue que está enamorado de su vecina, Nancy Puelma (Antonia Zegers), una bailarina con una carrera en decadencia; ambos interactúan un poco antes del comienzo de la dictadura en Chile, pero luego ella desaparece y el trabajo de Mario aumenta, ya que cuerpos y cuerpos no dejan de aparecer en el Servicio Médico Legal.

A pesar de lo aburrida que esta película es y a pesar de las frías actuaciones, una de las escenas más interesantes es la escena de la autopsia de Salvador Allende. Y eso sería todo.

El director Aldo Francia tomó inspiración para el nombre de “Valparaíso, mi amor” de la película “Hiroshima, moun amor”, dirigida por Alain Resnais y estrenada en 1959, pero ambas cintas son muy diferentes; mientras que la de Resnais es una historia romántica, la de Francia es una historia realista. A pesar de las diferencias, ese toque de melancolía y nostalgia presente en cada escena lo sentí muy parecido.

“Valparaíso, mi amor”, también filmada en blanco y negro, cuenta la historia de cuatro hermanos que deben lidiar con las consecuencias de tener a su padre en la cárcel. Mario (Hugo Cárcamo) es arrestado por robar carne para sus hijos y ellos quedan al cuidado de María (Sara Astica). Ella está embarazada y apenas tiene para vivir, por lo que los niños deben arreglárselas y hacer cosas como bajar al mercado o cantar en las micros para conseguir algo de plata, pero la pobreza los llevará a crueles destinos.

Los niños pasean y pasean por todo Valpo, por el plan y por sus cerros, mientras de fondo suena La joya del Pacífico, la versión de Jorge Farías; es imposible para una nativa de Valparaíso no sentir nostalgia por la ciudad natal. Valparaíso siempre será una ciudad linda y alegre, pero como se muestra en esta película, sus cerros esconden una verdad mucho más triste.

 

Nada más ideal que una película llamada “Fiestapatria” para adornar la celebración de esta semana.

Dirigida por Luis R. Vera, la película se trata de una reunión familiar que se desarrolla de la peor manera posible, ya que se juntan los parientes tanto de izquierda como de derecha para celebrar el compromiso de Álvaro (Tiago Correa) y Macarena (Adela Secall). La idea es de Isabel (Marcela Osorio), la madre de Macarena, pero las cosas se complican para ella cuando aparece Ernesto (Patricio Contreras), un tío de Álvaro que la reconoce como otra detenida de la dictadura militar.

Desde ese momento en el almuerzo, las tensiones comienzan a subir y no hay personaje que no tenga un roce con otro, desde el abuelo degenerado y facho pasando por el tío exiliado que regresa de Estados Unidos para la fiesta de compromiso; hasta Macarena se ve en conflicto cuando conoce a Cristián (Andrés Pérez), uno de los primos de Álvaro. La situación es tan estresante que cualquier discusión familiar en cualquier otra familia se queda chica al lado de estas personas, pero, como toda película chilena, tiene varias escenas innecesarias que no ayudan en nada al desarrollo de la historia. 

 


“Mi Mejor Enemigo” retrata unos momentos previos a la casi declaración de guerra entre Chile y Argentina en 1978; ambos países pasábamos por momentos complicados y las cosas parecían ponerse más complicadas por culpa del conflicto sobre la soberanía de unas islas del Canal Beagle, pero cualquier artículo de Wikipedia lo puede explicar mejor que yo. 

La película, relatada por el protagonista, muestra la misión de un grupo de soldados que terminan perdiéndose cerca de la frontera después de que su brújula se echara a perder; ahí en la frontera se encuentran con un grupo de soldados argentinos que, básicamente, tenían la misma misión que los chilenos: matar al enemigo. Los dos grupos arman unas trincheras improvisadas y, además de odiarse sin una mayor razón, empiezan a intercambiar cosas como medicina o una clásica pichanga.

“Mi Mejor Enemigo” es graciosa en todas escenas de intercambios culturales, pero también es seria cuando necesita serlo, porque ese conflicto, lo que pudo haber sido una guerra horrible, no fue nada mínimo; hasta el Papa de la época tuvo que meterse y ambos países estaban bajo dictaduras… todo mal. No me gusta romantizar a los soldados que van a la guerra y que después vuelven tristes por haber matado, pero ese atado de 1978 no tenía por qué haber pasado.


Siguiendo las tradiciones de los viejos degenerados, Julio García del Castaño (Felipe Rabat) lleva unas prostitutas a la celebración del cumpleaños número quince de su único hijo, Julito (Juan Cristóbal Meza). Don Julio es el clásico patrón de fundo que hace lo que quiere cuando él quiere y, ahora que su hijo pasará a ser un adulto, quiere enseñarle todo lo que sabe acerca de ser un hombre.

Julito no es un niño bueno ni tan ingenuo tampoco, pero igual es incómodo verlo acercarse a María (Schlomit Baytelman), una prostituta conocida en el pueblo por haberse acostado con el Diablo. Mientras su padre está fuera de San Bernardo por unos días, Julito aprende solo las cosas que el viejo quería enseñarle y se acerca más a María, pero como en todo buen coming of age, el personaje principal aprenderá que nada de lo que le enseñaron es como cree.

“Julio comienza en julio” debe ser una de las películas chilenas más reconocidas y de las mejores que tenemos; es una buena histórica, clásica de los comienzos de la sociedad como la conocemos hasta ahora, pero hay películas chilenas que me gustan mucho más.

 

Todos sabemos la historia del atentado a Pinochet en el año ’86, en donde la parte más triste fue que el atentado no consiguió su principal propósito: matar a Pinochet. En la película del mismo nombre, dirigida por Juan Ignacio Sabatini, se retratan los momentos previos al ataque, la preparación del Frente Patriótico Manuel Rodríguez y las consecuencias luego del atentado.

“Matar a Pinochet” también se centra en la comandante Tamara (Daniela Ramírez), una de las líderes del frente, personaje basado en Cecilia Magni, quien venía de una familia de clase alta, pero que estaba en contra de la dictadura; en un comienzo, la película se centra bastante en ella y en su vida, además de la vida de otros dos integrantes del frente, y poco se muestra de la planificación del atentado o de algo más de contexto, por lo que sentí que la película tenía un trasfondo, pero poco desarrollo.

De todas maneras, es una película interesante de ver, porque nunca está de más aprender sobre el tema, pero qué rabia que el frente no haya conseguido el propósito. Traidores hay en todas partes.

 

Creo que nos tienen muy acostumbrados a ver películas de dos amigas en donde la vida de una comienza a mejorar mientras que la vida de la otra toca fondo, pero pocas veces vemos historias en donde las dos vidas parecen ir igual de mal. Cristina (Mariana Derderián) es una dibujante que está pasando por una separación; tiene que cambiarse de casa y apenas tiene inspiración para trabajar; por otro lado, su mejor amiga, Susana (Paloma Salas), también sufre el término de una relación y debe lidiar con el nuevo pololo joven de su mamá y las deudas de su papá.

Una pelea entre ambas amigas causa que ambas se dejen de hablar y que sus problemas se sientan peor sin tener a alguien con quien hablar. Cristina, incluso, se involucra con su profesor de guión, un tipo violento, chanta e infiel; el peor error de Cristina no es que tome o fume o que no pueda superar a su ex marido, es el hecho de haberse metido con ese profesor. Y, a pesar de que la película sea nombrada en honor a ella, creo que debería llamarse “Ella es Cristina y ella es su amiga Susana”, porque ese personaje también ocupa mucho espacio en la historia, tanto que a veces sus problemas eran más interesantes que los de Cristina. ¿El perrito que se llama Karma? Adorable.

Me gustó que “Ella es Cristina” no escondiera su inspiración tomada de películas como las de Noah Baumbach, sobre todo de “Frances Ha”, porque una de las cosas que más me falta en el cine chileno es ver algo más de esa variedad.
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