La historia de Emmanuelle apareció por primera vez en 1967, en la novela del mismo nombre escrita por Emmanuelle Arsan; desde entonces, ha sido adaptada ocho veces a la pantalla grande, incluyendo esta versión dirigida por Audrey Diwan. La novela y cada adaptación se ha caracterizado por el tono erótico de la historia, detalle que siempre ha llamado la atención tras cada uno de los lanzamientos de las distintas versiones.
Personalmente, a mí me llamó la atención por Jamie Campbell Bower. Él no es el protagonista, por supuesto, sino que lo es Emmanuelle (Noémie Merlant), una controladora de calidad de un lujoso hotel que debe viajar a la franquicia que se encuentra en Hong Kong; allí la recibe Margot (Naomi Watts), la encargada del lugar, quien la guía a través de los distintos rincones y actividades que Emmanuelle deberá calificar. Suena como el trabajo soñado.
Desde la primera escena en que nos muestran a la protagonista, podemos deducir que es una impredecible y arriesgada seductora, una mujer que se mueve con mucha seguridad y que hace lo que ella quiere sin pensar en la opinión de los demás. Emmanuelle hace de las suyas tanto durante el viaje hacia Hong Kong como en su estadía allá, pero un huésped llamado Kei (Will Sharpe) pronto llama su atención, ya que es el único que parece no caer tan rápido como los demás en los juegos de Emmanuelle.
Para ser una película que se base y que se promueva en el concepto del erotismo, “Emmanuelle” es una historia algo aburrida cuando se trata del tema; no hay mayores aventuras ni conversaciones y los protagonistas, que deberían emocionar el concepto, no tienen química alguna entre ellos y todas sus interacciones suenan vacías, como intentos de profundidad y seducción. Lamentablemente, nada funcionó.
“Tully” es una de esas películas que funcionan como método anticonceptivo. Dirigida por Jason Reitman y escrita por Diablo Cody, la película cuenta la historia de Marlo Moreau (Charlize Theron), madre de tres hijos que se dedica por completo a ellos y al cuiado de su hogar; está casada con Drew (Ron Livingston), un tipo decente, pero el típico hombre que no ayuda en nada.
Viendo lo miserable que Marlo se ve luego de su tercer parto, su hermano Craig (Mark Duplass) le recomienda un servicio de niñeras nocturnas que vigilan a los bebés durante las noches para que los padres puedan dormir. Tully lo ve como algo invasivo, pero está tan cansada que, finalmente, decide ceder; es así como Tully (Mackenzie Davis) aparece en su vida. Marlo de inmediato envidia su figura y su energía, pero pronto ambas comienzan a ser mucho más unidas.
Las conversaciones sobre la maternidad y sobre las peores partes de la maternidad siempre son necesarias y, en ese aspecto, “Tully” es una película necesaria para el debate; no idealiza nada en cuanto a tener tres adorables niños, ni dedicarse nada más que a su cuidado, ni sobre los cambios por los que el cuerpo pasa durante y después de un embarazo, ni sobre el cansancio o la agonía de tener a un recién nacido en casa, pero tiene un plot twist bastante básico; sólo lo entendí porque era un mecanismo de afrontamiento.
Ayer hubo un apagón general en casi todo Chile, pero de todos modos me las arreglé para ver la película del día; fue tan horrible, porque la sensación de desconexión es insoportable y, personalmente, me provoca muchos flashbacks de guerra del terremoto de 2010. Pero, en fin, le quedaba batería al notebook para que yo pudiera ver “Of Love and Shadows”, película dirigida por Betty Kaplan.
“De amor y de sombra” fue el primer libro de Isabel Allende que leí; estaba en el colegio y una de mis profesoras me lo prestó, porque ella sabía que me gustaba leer y me prestaba libros que no estaban en el currículum escolar del año. Cuando entendí de qué se trataba el libro, entendí también por qué no nos hacían leerlo en el colegio.
Tanto el libro como la película se centran en el personaje de Irene Beltrán (Jennifer Connelly), una joven periodista de clase alta que vive en una burbuja durante la década de los ochenta; como buena cuica, está comprometida con su primo y no tiene idea de las cosas que están pasando en Chile bajo la dictadura militar de Pinochet. Cierto día, Irene conoce a Francisco (Antonio Banderas), un fotógrafo que comienza a mostrarle la cruda realidad del país; al mismo tiempo en el que se enamoran, Irene y Francisco descubren la verdad sobre un caso de detenidos desaparecidos que los militares intentaban ocultar.
Tal y como me pasó con otra adaptación de Isabel Allende,
“La Casa de los Espíritus”, sentí que “Of Love and Shadows” también era una
fría e
ignorante adaptación hecha por personas que no se informan bien de lo que están haciendo; o puedes tener todos los datos que quieras y manejarlos al revés y al derecho, pero si sólo los muestras y no provocas ningún
sentimiento hacia ellos, la historia se convierte en un relato
vacío. También molesta que los chilenos no sean chilenos (excepto
Patricio Contreras) y que no hayan chilenos ni en la producción, pero eso es algo que
Hollywood pareciera nunca querrá cambiar.
Nunca dejará de sorprenderme el hecho de que en cada país de Latinoamérica hubo una dictadura, patrocinada por Estados Unidos, que nos marcó a todos de distintas maneras; es como si nos vieran como un pedazo de terreno en el que pueden venir a hacer lo que quieran sin pensar en las consecuencias y sin tener consideración por las personas que ya viven aquí. Es tan triste que todos tengamos un pasado en común, pero, al mismo tiempo, es algo esperanzador que podamos hablar del tema y entendernos entre nosotros.
“Ainda Estou Aquí”, dirigida por Walter Salles, cuenta una pequeña parte de la dictadura brasilera que se dio entre 1964 y 1985. La historia se centra en la familia Paiva, una familia de clase media alta que lo tenía todo; el clan estaba conformado por los padres, Rubens (Selton Mello) y Eunice (Fernanda Torres), además de sus cinco hijos: Vera, Eliana, Nalu, Marcelo y Maria Beatriz. Cuando parecía que la dictadura no afectaba su diario vivir, cierto día Rubens es detenido en su propia casa y Eunice debe enfrentar las consecuencias de su desaparición, así como también proteger a sus hijos de la verdad.
Eunice también debe enfrentar una interrogación traumatizante, el constante peligro de volver a ser detenida y la presencia de los militares en su casa, amenazando su vida y la de sus pequeños, pero, a pesar de todo, ella no rinde, no deja que sus hijos pierdan la esperanza y se dedica a hacer todo lo posible con tal de dar con la verdad de lo que le pasó a su marido; la historia de Eunice es la historia de miles de mujeres que pasaron años buscando a sus familiares detenidos y desaparecidos, familias que lograron encontrar algo de paz y familias que todavía no descansan hasta encontrar justicia.
“Ainda Estou Aquí” es una película tan cruda como la realidad misma; duele aprender sobre estos temas, pero siempre será necesario saberlos. Si fuese por mí, se llevaría todos los premios en la próxima ceremonia de los Oscars, no sólo porque se los merece, sino también porque ayuda a recordar que este tipo de historias no se pueden olvidar.
Siguiendo con la temporada de premios, hoy tocó ver “The Brutalist” antes de que todo termine con la próxima entrega de los premios Oscars; la película, dirigida por Brady Corbet, ha estado triunfando esta temporada, ya que es la clásica biografía lastimera que tiene que estar siempre presente en las ceremonias, pero hace poco causó controversia cuando se supo que, en la post producción, se utilizó inteligencia artificial para mejorar el acento húngaro de Adrien Brody. No sé si enojarme o reírme.
No es suficiente tener que ver cómo las premiaciones extranjeras siguen adulando a
“Emilia Pérez” sin sentido alguno, ahora tenemos que ver cómo una película que no encontró nada mejor que hacer que usar IA en lugar de verdadero
talento también se lleva premios sin
mérito; creo que esta debe ser una de las
peores temporadas que he visto y he estado metida en ese círculo desde hace más de veinte años.
Pero en fin… “The Brutalist” cuenta la historia de László Tóth (Adrien Brody), un arquitecto que emigra a Estados Unidos luego de sobrevivir al Holocausto; mientras espera que su esposa, Erzsébet (Felicity Jones), pueda unirse a él, László vive con su primo Attila (Alessandro Nivola), quien también le da un trabajo en su negocio de muebles. Luego de hacer una hermosa biblioteca para Harrison Lee Van Buren (Guy Pearce), la vida de László se verá afectada por los caprichos y maltratos del millonario empresario durante varios años, años que también se sienten en las tres horas y media de duración de la película.
“The Brutalist” es larga, aburrida y una innecesaria biografía ficticia que no aporta nada a la historia en general ni al cine; se pueden rescatar un par de actuaciones y algo de arquitectura, pero no hay nada más destacable, ni siquiera la dirección, ni la producción, ni la trama en sí. Una pérdida de tiempo.
Lo bueno de evitar ver tráilers a esta altura de la vida es que te evitas más de la mitad de la trama y te llevas muchas sorpresas mientras ves la película; eso fue lo que me pasó con “Companion”, película estrenada este año y también el debut como director de Drew Hancock. Alerta de spoilers (?) de ahora en adelante, porque ojalá todos pudieran ver esta película sin saber nada de ella.
Josh (Jack Quaid) es un tipo que se dirige a un fin de semana de amigos a una alejada cabaña; Josh no va solo, ya que lo acompaña Iris (Sophie Thatcher), su dulce, ingenua y atenta novia. Iris se siente algo incómoda, ya que los amigos de Josh la miran de cierto modo extraño, en especial Kat (Megan Suri), pero, a pesar de los nervios, Iris hace lo mejor que puede para complacer a Josh, de quien es totalmente devota y a quien llama el amor de su vida sin vergüenza alguna.
Lo que nos dicen desde el comienzo es que Iris ha asesinado a Jack, por lo que llegar a la conclusión de la historia ya te mantiene pegado a la trama. “Companion” continúa con más sorpresas, ya que entre conversaciones y varias pistas que luego son obvias, nos enteramos que Iris es en realidad un robot de compañía y que su adorable historia de amor fue sólo una historia elegida por Jack que se grabó en su memoria madre. Iris no puede creerlo, pero tampoco puede creer el plan que Jack y Kat organizaron para quedarse con una gran cantidad de dinero que estaba en la cabaña.
Entre sorpresa tas sorpresa, “Companion” se vuelve muy entretenida y la posterior persecución sólo aporta más a la historia, pero también es interesante la metáfora y la crítica a la misoginia que se da detrás de la trama; no es ningún secreto que, últimamente, los hombres se han vuelto mucho más machistas y exigen que las mujeres volvamos a los valores tradicionales, o sea, que estemos 100% siempre atentas a ellos. Tal y como Jack, quieren a una mujer que los atienda, los haga sentir importantes, que se quede callada después del sexo y que su vida gire alrededor de ellos, básicamente. Lo que todos estos hombres no notan es que son tan patéticos como Jack y que, al final del día, ¿qué tan patético tienes que ser como para que ni un robot quiera estar a tu lado?
Good for her.
“Twilight Zone: The Movie” es una antología de historias de terror inspiradas en la popular serie del mismo nombre que daban en los años sesenta; la película está dividida en cuatro capítulos, cada uno dirigido por John Landis, Steven Spielberg, Joe Dante y George Miller. Yo también recuerdo que esta película tenía una muy triste reputación, ya que, durante el rodaje, se produjo la misteriosa y trágica muerte del actor Vic Morrow y de dos niños luego de que un helicóptero se estrellara junto a ellos.
Siempre la evité por aquella razón; no imaginaba que mostraran aquella escena de manera explícita, pero, de todas maneras, sabiendo cuál era la escena, el morbo podía más. Por suerte, el contexto se da durante la primera historia, "Time Out", y el resto de la película ayuda un poco a olvidar; este segmento se trata de Bill Connor (Vic Morrow), un tipo racista que obtiene su merecido mientras viaja en el tiempo a la Alemania nazi y luego a la guerra de Vietnam.
La segunda historia,
"Kick the Can", es menos terrorífica y se trata de un grupo de ancianos que reviven parte de su infancia mientras juegan en el asilo en donde viven; dirigido por
Steven Spielberg, el segmento cuenta con varios
clichés que me aburrieron bastante. Por suerte, la tercera historia, "
It's a Good Life", se pone mejor:
Helen Foley (Kathleen Quinlan) conoce a un pequeño niño llamado
Anthony, quien la invita amablemente a cenar a su casa para que conozca a su familia, pero cuando llega al hogar, Helen se da cuenta de la verdadera personalidad de Anthony. Y finalmente, la cuarta historia, también remake de un capítulo de la serie e inspiración para
este capítulo de
“Los Simpsons”, se llama
"Nightmare at 20,000 Feet"; protagonizada por
John Lithgow, el segmento se trata de un asustadizo hombre que cree ver a una
criatura en el ala del avión en el que viaja.
Cada director le da su toque a cada historia y se agradece, pero mi favorita fue, definitivamente, la última y no sólo porque fue dirigida por George Miller, sino que porque también fue la que me hizo sentir mucho más suspenso y terror que las otras. El tercer segmento no se queda atrás, el segundo podría haber sido un mail y el primero es muy triste si es que también ya sabías de la historia detrás.
Hace poco me enteré de que existe un síndrome llamado síndrome de Cotard, el cual se relaciona a la hipocondría; la persona que lo padece cree estar muerto, cree que alguno de sus órganos se está pudriendo o cree que no existe. Es el síndrome ideal para llamar a un personaje como Caden Cotard y desarrollar un delirio tan nihilista como el síndrome en sí alrededor del protagonista.
En “Synecdoche, New York”, escrita y dirigida por Charlie Kaufman, Caden (Philip Seymour Hoffman) es un director de teatro que está pasando por una crisis personal, laboral y matrimonial; apenas tiene motivación para escribir y pareciera que cada día sufre de un nuevo achaque. Su esposa, Adele Lack (Catherine Keener), es una artista que consigue fama en Berlín, por lo que se separa de Caden y se muda allá con la hija de ambos, Olive.
Con el tiempo, Caden consigue la inspiración para comenzar a dirigir una gran obra de teatro, pero quiere hacer algo tan grande que nunca termina ni los ensayos ni la producción; además, varias mujeres van marcando los siguientes episodios de su vida, como Claire (Michelle Williams), por ejemplo, con quien se casa y tiene una segunda hija, o Hazel (Samantha Morton), de quien siempre estuvo enamorado. El tiempo sigue pasando y Caden sigue lamentándose, pero es tan difícil simpatizar con él, porque es el clásico hombre que culpa a todos los demás por sus desgracias, sobre todo a las mujeres a su alrededor.
“Synecdoche, New York” comienza como una idea surrealista muy interesante, pero se va desinflando después de unos quince minutos; sigue apareciendo actor tras actor sin nunca llegar a nada y su vibra claustrofóbica tampoco aporta mucho cuando de disfrutar la película se trata.
La muerte de una adolescente mientras da a luz a una niña despierta tanto una modesta investigación por parte de una matrona como las acciones de la mafia rusa en Londres. Anna (Naomi Watts) es una doctora que atiende el parto de Tatiana (Sarah-Jeanne Labrosse), una adolescente de catorce años que llega al hospital en graves condiciones; lamentablemente, Tatiana muere, pero Anna, siguiendo las pistas de su diario de vida, está decidida a encontrar a su familia.
Gracias a las traducciones de su tío Stepan (Jerzy Skolimowski), Anna da con el restaurante Trans-Siberian, cuyo dueño, Seymon (Armin Mueller-Stahl), la recibe amablemente y promete ayudarle con lo que necesite. Por supuesto que el restaurante es una fachada y el verdadero negocio de Seymon es la mafia rusa, porque, claro, todos los rusos son mafiosos. En el negocio también participa Kirill (Vincent Cassel), hijo mayor de Seymon, y Nikolai (Viggo Mortensen), el chofer de la familia que, en ocasiones, hace otros trabajos como deshacerse de cuerpos indeseados o desaparecer a quienes representen una amenaza.
Anna sabe que no debería involucrarse con aquella familia, pero su deseo de hacer justicia por Tatiana y su bebé es mucho más fuerte. “Eastern Promises” va revelando secretos cada vez más perturbadores a la vez que la investigación de Anna crece, de esos crímenes horribles por los que todos deberían estar en la cárcel, pero ella también sabe que, como una persona común y corriente, no es mucho lo que puede hacer.
Por lo general, siempre termino sintiéndome incómoda con las películas de David Cronenberg; las veo una vez, las olvido o no las veo nunca más, pero con “Eastern Promises” me pasó lo mismo que me pasó cuando vi “The Fly”: me encantó. Las actuaciones, la historia, el suspenso me entretuvieron demasiado y la película se me hizo hasta corta. La actuación de Viggo Mortensen y sus tatuajes se quedarán por siempre en mi mente.
Crecer a principios de los años dos mil, con todos esos estereotipos de belleza que sólo se enfocaban en ser talla cero, no tener caderas ni trasero, tener rasgos caucásicos, era casi una tortura para quienes no cumplíamos con ninguno de los requisitos. Lamentablemente, fue una experiencia universal, pero de cierta manera, también es bueno que así lo haya sido, porque la empatía respecto al tema nunca falta.
No falta, por ejemplo, al ver una película como “Fat Girl”. Dirigida por Catherine Breillat, la historia se desarrolla en el verano de 2001, cuando las hermanas Elena (Roxane Mesquida) y Anaïs (Anaïs Reboux) pasan unas nuevas vacaciones junto a sus padres en Les Mathes. Elena tiene quince años, es bonita y delgada, y consigue la atención de quien ella quiera; Anaïs, quien tiene trece años, es pequeña y gorda y, al contrario de su hermana, consigue miradas que expresan pena y rechazo.
Anaïs tiene una relación de amor/odio con Elena y no ayuda en nada que sus padres obliguen a Elena a llevar a Anaïs a todas partes, por lo que la adolescente debe ver cómo su hermana mayor comienza una relación con Fernando (Libero De Rienzo), un universitario italiano quien también se encuentra de vacaciones. Como, desafortunadamente, nunca falta el veinteañero pedófilo, Fernando no teme a los avances y, mientras se acuesta con Elena, la relación entre las hermanas se vuelve mucho más tensa.
No hay que ser un genio para imaginar cómo una historia como la de “Fat Girl” podría terminar, pero la verdad es que el final de la película es uno tan completamente inesperado como desgarrador; me tomó por sorpresa y me dejó nerviosa hasta que aparecieron los créditos y volví a la realidad. “Fat Girl” es una historia triste de principio a fin; parte con la maldición de los estereotipos de belleza para terminar con una perturbadora tragedia que me dejará pensando durante días.
En las Olimpiadas de 1972, realizadas en la antigua Alemania Occidental, un grupo de palestinos asesinó a once integrantes del comité deportivo de Israel; esa pequeña parte del conflicto es la inspiración para “Munich”, dirigida por Steven Spielberg, además del libro “Vengeance”, publicado en 1984.
Ingenuamente, entré a la película pensando que se trataría específicamente del ataque en las Olimpiadas, de cómo fue planificado y ejecutado, pero “Munich” se trata de las consecuencias del hecho y de la operación de venganza que se llevó a cabo para matar a once palestinos que, supuestamente, estuvieron involucrados, La operación era liderada por Avner Kaufman (Eric Bana), a quien se le unió Steve (Daniel Craig), Carl (Ciarán Hinds) y Robert (Mathieu Kassovitz), todos judíos voluntarios de distintas partes del mundo.
La operación es ultra secreta y, gracias a información entregada por un francés, van bombardeando los lugares en donde encuentran a alguno de los palestinos sospechosos. Tratando de ser neutral, “Munich” está llena de acción y de suspenso; nadie sabe en quién se puede confiar y siempre está sucediendo algo, pero la manía de algunas películas de dar esa vibra lastimera al lado que no corresponde pronto aburre. Además, la película es excesivamente larga para algo que se puede contar mucho más rápido, aprovechando el ritmo de la historia también.
Hay una escena en donde “Munich” reconoce el conflicto no empezó con el ataque en las Olimpiadas; no se explayan en ese punto, pero al menos lo reconocen una vez.
Me encantan las historias que tienen que ver con la maternidad, pero que la retratan de una manera distinta a la que estamos acostumbrados, porque es un tema tan complicado que merece ser tratado desde diferentes perspectivas y no la optimista y esperanzadora de siempre. Hace su entrada entonces “Inside”, película francesa dirigida por Julien Maury y Alexandre Bustillo, quienes retratan la historia de un embarazo desde el punto de vista del terror.
Luego de un accidente de tránsito en el que su marido falleciera, Sarah (Alysson Paradis) queda absolutamente devastada y ni siquiera su prominente embarazo le da algo de ánimo para seguir adelante; pareciera que es un mero trámite que Sarah quiere terminar lo más rápido posible, no le emociona nada respecto al bebé, a su nacimiento, ni tampoco le importan los comentarios bienintencionados de la gente alrededor ni como la ayuda de sus más cercanos.
Es la víspera de Navidad y la víspera del parto, por lo que Sarah se encierra en su casa hasta que sea la hora indicada; sólo quiere estar sola, tranquila y en silencio, pero pronto se da cuenta de la presencia que acecha su casa. Una mujer la ha seguido todo el día y ahora se encuentra dentro de su hogar para asegurarse de que el bebé nazca y que Sarah muera. Una parte de Sarah debe sentir que esta es la oportunidad perfecta para deshacerse del problema que ahora debe enfrentar sola, pero la otra parte también sabe que debe luchar por su vida a toda costa; la desconocida se ve normal, pero tiene una fuerza y una intención como de otro mundo.
“Inside” pronto se convierte en una pesadilla llena de sangre, persecuciones y heridas tan reales que estuve toda la película retorciéndome de dolor, sobre todo durante una de las últimas escenas; creo que es la primera vez que siento náuseas durante una escena así. Aquella incomodidad fue una de las cosas que más me gustó de “Inside”, además del debate sobre el embarazo; me encanta cuando las películas me hacen sentir cosas.
En 1912, la enfermera y activista Margaret Sanger fue procesada por obscenidad luego de haber distribuido información sobre métodos anticonceptivos en Nueva York; el caso fue bastante bullado para la época y también se transformó en la fuente de inspiración para "Where Are My Children?", película escrita y dirigida por Lois Weber.
"Where Are My Children?" se centra en aquel mismo contexto, uno en el cual los métodos anticonceptivos eran ilegales y las mujeres debían arreglárselas como podían o, simplemente, aceptar el hecho de que debían tener hijo tras hijo. Una de estas mujeres es la señora Richard Walton (Helen Riaume), quien, muy al estilo de "The Handmaid's Tale", ni siquiera tiene un nombre propio; ella es una mujer de la alta sociedad que, junto a sus amigas, acuden secretamente a la consulta del doctor Malfit (Juan de la Cruz). En silencio y sin escándalo, las mujeres privilegiadas pueden hacer al menos algo con su derecho a elegir.
El doctor Malfit sabe que no todas las mujeres pueden acceder a este procedimiento y, por esa razón, reparte información sobre métodos anticonceptivos, pero es llevado a juicio por nada menos que el señor Richard Walton (Tyrone Power Sr.), marido de nuestra protagonista. Al mismo tiempo, el hermano de la señora Richard se involucra con Lillian (Rena Rogers) y su caso en específico es el que destapa la caja de Pandora.
Si bien una historia sobre el tema del aborto hecha en 1916 y dirigida por una mujer ya es un mérito en sí, las creencias conservadoras de la época se hacen presente de principio a final, lamentablemente. "Where Are My Children?" deja al aborto como un simple capricho femenino y a las mujeres que lo practican como unas egoístas que no piensan en los niños a los que asesinan; el aborto es retratado como un pecado que daña tanto física como mentalmente a las mujeres, quienes luego deben lidiar solas con las consecuencias de su decisión.
De cierta manera, "Where Are My Children?" es una película digna de incluir en algún debate, pero desilusiona pensar que todavía en esta época existan opiniones iguales a las de 1916.
No es suficiente traumatizarse con la serie, tampoco con el libro, también había que ver la película. “The Handmaid’s Tale” tuvo su primera adaptación en 1990 y, al igual que la serie, es una adaptación bastante fiel de la novela de Margaret Atwood, una que consigue traumarte tanto en dos horas como en una seguidilla de capítulos de cuarenta minutos.
La película comienza con el intento de escape de la protagonista, en este caso llamada Kate (Natasha Richardson); ella, su marido y su pequeña hija tratan de cruzar la frontera, pero los oficiales del nuevo país Gilead los atrapan de todos modos y Kate es llevada hasta el centro de entrenamiento de tía Lydia (Victoria Tennant) para ser convertida en una criada en contra de su voluntad. Como ya sabemos, Gilead es una dictadura liderada por un grupo extremadamente religioso que quiere dirigir el país siguiendo las lecciones del Antiguo Testamento, dictadura que implica quitarle la libertad a todas las personas que consideran inferiores.
Al igual que en la serie, la película nos muestra el camino de la protagonista hasta convertirse en Offred, la criada de la familia Waterford, compuesta por Fred (Robert Duvall) y Serena Joy (Faye Dunaway); la ceremonia en la que Kate se ve involucrada es tan gráfica como lo es para June en la serie, así como también lo es el nacimiento de la bebé de Janine/Ofglen (Traci Lind), el miedo constante a decir o hacer algo incorrecto, la sensación de revolución y la frustración frente a no poder hacer nada, como por ejemplo, la imposibilidad de Kate de recuperar a su hija.
A pesar de que “The Handmaid’s Tale” retrata los mismos problemas que la serie, sentí que era una historia mucho más fría, porque, claramente, en una serie de varias temporadas y de varios capítulos puedes desarrollar mucho más tanto la trama como los personajes; la película, en ese sentido, se siente como un mero resumen con el que te pones al día antes de ver la nueva temporada de la serie. Se supone que la serie comienza ahora en abril; es la última temporada antes de pasar a su versión en la vida real.
Alfred Hitchcock una vez dijo que consideraba a “Shadow of a Doubt” como su película favorita, ya que le gustaba la idea de llevar una amenaza a un lugar idílico y tranquilo. Concuerdo; no hay nada peor que una presencia sospechosa en un lugar donde crees que estás a salvo, una presencia que amenaza la tranquilidad no sólo de un barrio entero, sino que, más importante, la de toda tu familia.
Esto es exactamente lo que le pasó a la familia Newton, quienes vivían esa fantasía estadounidense del vecindario perfecto, la familia perfecta y la rutina perfecta. El clan estaba compuesto por los padres, Emma (Patricia Collinge) y Joseph (Henry Travers), y por sus tres hijos: Charlotte o "Charlie" (Teresa Wright), Ann (Edna May Wonacott) y Roger (Charles Bates). Todos viven felices, pero Charlotte siente que algo falta en su fotografía familiar perfecta.
Como si le leyera la mente, su tío materno, Charlie (Joseph Cotten), llega de sorpresa a la casa; él y Charlotte son muy unidos, se admiran mucho, comparten hasta el mismo apodo y pareciera que ella casi vuelve a la vida tras la llegada de su tío. Podríamos sospechar de las verdaderas intenciones de Charlie con su sobrina, pero la verdad es que el tipo tiene una doble vida, una en donde es conocido por acercarse a viudas millonarias y aprovecharse de ellas; Charlotte no es tonta y comienza a sospechar de ciertas actitudes de su tío, pero la tristeza de decepcionar a su madre, que también adora a su hermano, la hacen dudar de hacer lo correcto.
Por supuesto que “Shadow of a Doubt” tiene suspenso, como toda buena película de Hitchcock, pero no fue lo suficiente para mí en esta ocasión; siento que me faltó un plot twist en la historia como para que se volviera interesante, porque ya antes de la mitad se vuelve muy predecible. O quizás todavía tengo el mal sabor de “Passengers” en la boca, porque me faltó algo más de emoción.
Un doctor, un rumano, un austríaco y un estadounidense entran a un bar. No, en realidad, están involucrados en la muerte de Harry Lime (Orson Welles), amigo de Holly Martins (Joseph Cotten); Holly acaba de llegar a Vienna a comenzar un trabajo que Harry le había conseguido, pero aquel mismo día se entera de la muerte de su amigo. Es tan sorpresivo el deceso que Holly duda de todo y hace muchas preguntas, actitud que el policía a cargo, Calloway (Trevor Howard), desestima.
Ya que todos lo ignoran y, como buen estadounidense, Holly no sabe hablar otro idioma que no sea inglés, el escritor se une a Anna Schmidt (Alida Valli), novia de Harry, quien también sospecha de lo repentino de su muerte; Anna también tiene problemas con la policía debido a sus papeles personales, por lo que la investigación de ambos siempre se ve interrumpida hasta que aparece un misterioso tercer hombre, quien le dará más pistas a Holly de las que él mismo esperaba.
Cada escena y cada intercambio de información entre los personajes es maravillosamente estresante y la historia tiene tanto suspenso que es imposible no querer entrar al mundo de “The Third Man” y tratar de resolver el misterio; las pistas están todas ahí, frente a tus narices, pero pareciera que nada tiene sentido. El contexto también de la Segunda Guerra Mundial y el hecho de que la película sea en blanco y negro añaden más suspenso y miedo ante lo que podría pasarles a los protagonistas, así como una vibra de desesperanza e injusticia frente a los resultados de la investigación. Aka, “The Third Man” no te suelta ni un solo minuto.
Una de las cosas que recuerdo siempre de
“Heavenly Creatures” era lo mucho que le temían a esta película y a
Orson Welles; ahora entiendo por qué.
Como primera película en español para este desafío, decidí elegir “La Ciénaga”, cinta argentina dirigida por Lucrecia Martel; la película se siente cercana, porque, claro, muestra la realidad latinoamericana de pasar el verano en familia, en esas casas donde siempre hace calor y donde nunca hay silencio, y donde la noticia de un avistamiento de la Virgen en la ciudad marca las noticias de esos meses de descanso.
“La Ciénaga” nos muestra a las familias de Mecha (Graciela Borges) y de Tali (Mercedes Morán), primas muy cercanas. Mecha está casada con Gregorio (Martín Adjemián) y ambos tienen cinco hijos; la pareja ya no se soporta y sus hijos están tan necesitados de atención que hacen lo que ellos quieren por toda la casa y alrededor del pueblo. Tali, en cambio, tiene una buena relación con su marido Rafael (Daniel Valenzuela), con quien tuvo cuatro hijos.
Mecha tiene una mejor situación económica mientras que Tali lleva una situación algo más normal, pero Tali es mucho más feliz que Mecha; uno de los mayores dramas familiares es el hecho de que José (Juan Cruz Bordeu), el hijo mayor de Mecha, vive en Buenos Aires con Mercedes (Silvia Baylé), una mujer mucho mayor que él que no sólo es amiga de su madre y de Tali, sino que también fue amante de su propio padre en alguna otra época. La sombra de Mercedes siempre está presente en esa casa y las peleas familiares son inevitables.
“La Ciénaga” se siente tan real que es imposible no involucrarse en lo que vive cada personaje aquel verano, desde el racismo y clasismo que enfrenta Isabel en la casa hasta los detalles del viaje a Bolivia para comprar los útiles escolares de los niños; es una película cercana que sabe transmitir la humedad del verano, la incomodidad de las peleas familiares y la soledad de las mujeres a pesar de estar rodeada de familiares, todo retratado con la sensibilidad e inteligencia con la que una directora podría hacerlo.
En una pequeña isla de Indonesia, Marlina (Marsha Timothy) sufre la muerte de su marido, pero le atormenta todavía más la idea de las consecuencias que su nuevo estado de viudez puede traerle. Una noche, aparece en su casa un grupo de ladrones liderados por Markus (Egi Fedly), grupo que llega con la intención de robar todas las pertenencias de Marlina y de violarla.
Al parecer, esto sucede con frecuencia en Indonesia, ya que, luego de la muerte del marido, las mujeres quedan en una situación bastante vulnerable y nadie puede defenderlas. Marlina no se salva de aquella tradición y, es en ese momento, que la historia comienza. “Marlina the Murderer in Four Acts” está dividida en cuatro actos, los cuales muestran el viaje de Marlina desde que es atacada hasta que llega a una lejana estación de policía.
En el camino, Marlina se enfrenta no sólo a más peligros, sino que también a los prejuicios tanto de sus vecinos como de la misma policía, quien se atreve incluso a preguntarle por qué dejó que Markus la violara; detalles como esos sirven como recordatorio de que, lamentablemente, esto sigue siendo una experiencia universal y que, por mucho que la sociedad avance en ciertos aspectos, en otros sigue siendo igual de retrógrada. Marlina no es la única que enfrenta prejuicios, ya que también tenemos al personaje de Novi (Dea Panendra), una joven embarazada que debe lidiar con la ausencia de su marido y con las dudas que él tiene sobre su paternidad.
“Marlina the Murderer in Four Acts” es una película muy cruel y desesperanzadora, pero al menos tiene un solo consuelo: siempre habrá pequeños momentos en donde las mujeres podemos ayudarnos entre nosotras mismas.
Siguiendo con la carrera de Nicole Kidman, hoy tocó “To Die For”; dirigida por Gus Van Sant, la película está narrada a modo de documental, detalle que siempre me conquistará. “To Die For” cuenta la historia de Suzanne Stone (Nicole Kidman), una periodista que no se detendrá ante nada con tal de conseguir su sueño de aparecer en televisión. La película tomó inspiración de la historia de Pamela Smart, una mujer que fue acusada por el asesinato de su marido.
Los personajes ambiciosos siempre serán interesantes y Suzanne no es la excepción; es ambiciosa, fría calculadora, persistente y manipuladora, capaz de hacer cualquier cosa con tal de alcanzar sus metas. Suzanne cree que no eres nadie a menos que estés en televisión, por lo que, luego de casarse con Larry Maretto (Matt Dillon), la periodista comienza a trabajar en su ascenso. Su primera gran idea es grabar un documental sobre la juventud perdida de su pueblo y, para eso, decide reclutar a Lydia (Alison Folland), Jimmy (Joaquin Phoenix) y Russell (Casey Affleck).
A través de los comentarios a la cámara de todos los personajes, aprendemos de las maniobras y confabulaciones de Suzanne, las cuales terminaron con consecuencias para cada persona a su alrededor. Ella comete actos horribles, pero el personaje es tan interesante que es imposible dejar de verla y de querer saber si consigue su objetivo o no, lo cual es totalmente crédito del talento de Nicole Kidman; el personaje es tan icónico que Rosamund Pike dijo que tomó inspiración en esta película para el personaje de “Gone Girl”, ¿qué mejor prueba que esta?